viernes, 15 de julio de 2011

Macedonia tibia de caballo

Jozef Weigner escribió un libro. Una editorial lo publicó y a los dos meses de salir a la venta recibió una carta sin remitente. Un lector anónimo le confesaba que su novela le había cambiado la vida. El matasellos era de Aalborg, Dinamarca; una ciudad con puerto de mar. Le pareció muy apropiado. Jozef Weigner era farero en el litoral noroeste de Polonia. Un administrador de luz, según sus propias palabras, un funcionario-interruptor. Su faro era una vetusta edificación de ladrillo rojo gastada por el viento del Báltico. Sobrepasaba el siglo de antigüedad. La linterna, surcada de grietas a las que Weigner divertía llamar arrugas, apenas se alzaba del suelo una decena de metros. Una instantánea del faro al atardecer, captada por un reportero neoyorkino, fue usada una vez como motivo en una postal que tuvo cierto éxito en una tienda de souvenirs de Szczecin. Weigner aparecía en una esquina de la foto con un peto amarillo, apoyado en un bastón de fresno. Quedó muy satisfecho con el resultado, pero jamás se le ocurrió escribir al fotógrafo para contarle lo mucho que esa imagen había influido en su vida. De hecho, ni siquiera tener un oficio tan inusual y, en alguna medida, tan romántico como el suyo, había condicionado lo más mínimo su carácter. Sólo le dio la oportunidad. Tal vez, por esa simple razón, inauguró, o dio luz verde, como él sin duda hubiese preferido decir, al torneo por el que años más tarde se haría mundialmente famoso. Empezó como una broma de mal gusto por la radio costera, que otro farero recogió como un desafío y se propuso superar. Este hombre oyó como Weigner alardeaba de haber hundido tres barcos por medio de señales engañosas, conduciéndolos a arrecifes ocultos contra los que se estrellaban y desaparecían engullidos por el mar en mitad de la noche. Algo parecido a los señuelos luminosos que en el Caribe se utilizaron durante años contra los piratas. Una semana después la prensa local se hacía eco de un naufragio acaecido en un pueblo pesquero cercano a Gdansk. Ocho muertos. Esa misma tarde, a través de la onda corta, reclamó la autoría de la hazaña el compañero de Weigner. Hubo un momento de silencio parecido a una profunda reflexión. Al final, acordaron que lo más correcto sería organizarse y consensuar unas normas. Participarían catorce fareros de todo el país, diseminados por la orilla entre la frontera alemana y la antigua Königsberg. Cada uno desembolsaría mil złoty que irían a parar al ganador: al primero que en el plazo de doce meses demostrase haber provocado diez naufragios. La policía detuvo a Jozef Weigner y a otros cuatro fareros homicidas cuando sólo le quedaba un naufragio para ganar la apuesta. Desde la prisión escribió otro libro que, gracias a la cobertura mediática de su caso, pronto se convirtió en un best-seller traducido a docenas de lenguas. De todas las cartas de felicitaciones que recibió, cientos de ellas, ninguna concordaba con la caligrafía de aquella que aún conservaba con matasellos de Aalborg, Dinamarca.

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Mulholland Drive es una película de David Lynch protagonizada por Naomi Watts y Laura Elena Harring. Se estrenó en 2001. Ganó el premio al mejor director en el Festival de Cannes y una nominación al Oscar. Muchas páginas web de cine la incluyen en la lista de las diez mejores películas del siglo XXI. No está mal, pero dudo mucho que las grandes audiencias le diesen una nota tan alta. A menudo se dice que Mulholland Drive es una historia sin sentido, demasiado surrealista y difícil de seguir. Algunos, no sé si como halago o como crítica, la definen como un laberinto. De los laberintos pueden decirse muchas cosas, salvo que sean espontáneos. Me refiero, claro está, a que todo debe tener una arquitectura, aunque ni la intuición permita reconocerla. Promediado el metraje de la cinta las dos mujeres acuden de madrugada a un local llamado Club Silencio. Allí, sobre el escenario, un ilusionista no para de repetir la misma frase: No hay banda. El mensaje, que no es sino una advertencia, va dirigido tanto a los personajes como a nosotros, los espectadores, aunque no resulta fácil darse cuenta la primera vez, ni la segunda. Yo descubrí a qué se refería hace una semana. Lo supe mientras sacaba de la nevera una botella de agua fría para la playa. Digamos que fue una visión, aunque nunca antes había tenido ninguna, así que puede que me equivoque. Me vi saliendo de la cocina y yendo hacia el salón. No había nadie allí. Sin embargo sentí que no estaba solo. Sentí que alguien me vigilaba. Busqué con la mirada, temiendo encontrar lo que no quería ver y reprochándome entre dientes un miedo tan estúpido y pueril. Y lo encontré. En una esquina del techo, sobre la balda de libros, acechando. Araña hubiese sido lo primero que habría acudido a la mente de cualquiera, y la verdad es que era ésa la impresión que daba desde lejos. Pero yo ya lo estaba esperando y no conseguiría engañarme así como así. Se trataba del teléfono fijo, con su coraza de plástico negro a la que le habían crecido varillas de paraguas, moviéndose sibilino por la pared como el gato que presagia un perdigonazo. Sostenía una mirada provocadora, buscándome las cosquillas con guantes de vapor de seda. Entonces, sonó. Me inflamó una furia desconocida y me lancé a por él. Huyó a toda velocidad mientras lo perseguía por la casa, chillando con su timbre histérico, llevándose consigo una llamada que (convencido estaba de ello) iba a cambiarme la vida. Al final, acorralado en la azotea, no tuvo más remedio que arrojarse a la calle. Cuando me asomé desde el balcón lo único que vi fue la botella de agua reventada por un neumático. Seguía sonando. Esa tarde no fui a la playa. Me puse en el salón Mulholland Drive y asentí al televisor durante ciento cuarenta y seis minutos.

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Es la ventana del segundo piso de un edificio céntrico de Manhattan. Los cristales los limpiaron a conciencia este mediodía, como quien se limpia las gafas en el cine antes de que se apaguen las luces. Al otro lado hay una modelo que posa en sugerente ropa interior para una conocida revista de moda. Tiene veintidós años y los ojos de un absurdo color violeta, casi fucsia. Nadie se dará cuenta de este detalle. Le están haciendo fotografías en un decorado que simula una playa caribeña, con dos palmeras falsas a los lados y un enorme póster detrás que representa el océano durante la puesta de sol. Más tarde el ordenador se encargará de hacer que el collage resulte aceptable para un público que en su vida ha visto el Caribe. Cuando pasan dos horas desde el inicio de la sesión, la chica pide una pausa. Hace un buen rato que se sujeta los pechos con una expresión que no se decide entre el fastidio o la vergüenza. ¿Te pasa algo?, le pregunta el fotógrafo. No estoy segura, contesta ella; creo que tengo algo raro metido dentro del sujetador. Al oírla, la responsable de vestuario se acerca como una bala. Cubriéndola como puede con su cuerpecillo de farola la invita a cambiarse allí mismo. Entonces ambas se dan cuenta de lo que ocurre. De los pezones de la modelo sale arena. Granos de una arena dorada y brillante. A chorro, como dos surtidores. Cae al suelo y se extiende por toda la sala. ¿Te has operado las tetas?, suelta de sopetón la mujer. No quería sonar tan grosera. Quería decir algo mejor, más considerado. Algo que tranquilizase a la chica, que la consolase, pero no le salió nada. Ella no responde. Tampoco le sale nada. Sólo arena, arena sin parar. Y llora. Todo el equipo técnico y un directivo de la revista, los camareros del catering, cinco azafatas, un mensajero y la señora de la limpieza asisten sobrecogidos al irrepetible espectáculo. Ven cómo los senos prodigiosos entierran al resto del cuerpo lentamente, hasta que sólo queda la cabeza. Ahora no se puede mover. Así la ve, desde un bloque de viviendas que hay frente al estudio, un hombre de cincuenta y tres años que cortaba cebollas para preparar una ensalada. De pronto le viene a la memoria, no sabe por qué, el recuerdo de un viaje a Cancún que hizo con su esposa. También le viene a la memoria una preciosa puesta de sol.

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Diana es fetichista. Su fuente de fascinación proviene de los péndulos. Recuerda su primer orgasmo nítidamente. Tenía trece años. Estaba sola en casa afinando una partitura de Beethoven. Aburrida, fijó la vista en la aguja del metrónomo. Al principio creyó que era fiebre. Sintió mareos y un intenso vértigo, pero era incapaz apartar la mirada. Su madre la encontró tres horas más tarde sin conocimiento sobre el teclado del piano. Hoy va a realizar una de sus mayores fantasías. Posiblemente la más especial. Junto con otros peregrinos va a contemplar la sublime cadencia y perfecto compás del Botafumeiro bailando sobre su cabeza, repitiendo la trayectoria a que se mantiene fiel desde hace cinco siglos. Está preparada. Su Camino de Santiago ha sido el preliminar sexual más dilatado, exhaustivo y erógeno de toda la historia de la masturbación.

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Mi vecino se atrevió a confesarme una idea. Puso dos vasos sobre la mesa y los llenó de coñac. Dijo que lo sentía, pero no tenía otra cosa que ofrecerme. Sacó de un cajón una carpeta rebosante de papeles. La abrió y fue buscando durante un rato hasta dar con lo que parecía ser el plano de un edificio. Concretamente representaba una estructura rectangular de hormigón reforzado de sesenta metros de altura dividido en veinticuatro plantas de noventa y cinco metros cuadrados. No tenía puertas ni ventanas, ni escaleras interiores o exteriores, ni forma alguna de acceso. Eso sí: la superficie estaba plagada de pequeñas luces, como lunares brillantes, muchos y muy juntos. Una piel de luz. De existir haría un buen faro; podría verse a kilómetros de distancia. Dejó el cigarrillo en el borde de una concha de vieira, apuró el tragó y me miró a los ojos. Era como si esperase mi inevitable siguiente pregunta. Es un homenaje personal a El principito, de Saint-Exupéry, me explicó; ¿lo has leído? Hace mucho, cuando era niño, le dije. Pues deberías aprovechar el próximo rato libre que tengas y darle un repaso. Puedo prestarte uno si no lo tienes en casa; aquí tengo casi cien ejemplares del libro. No mentía: estaban detrás de su butaca en una cochambrosa estantería que podría pasar por un museo de la carcoma, todos ordenados según el color del lomo para formar un dibujo que recordaba a los cuadros de Van Gogh. Un collage literario hecho de pequeños príncipes. Siguió hablando. Consiste, para que me entiendas, en un almacén de deseos de máxima seguridad; un banco de fantasías, si quieres llamarlo así. ¿Y cómo es eso? Verás, ¿recuerdas que en un pasaje del cuento el principito le pide al aviador que le dibuje un cordero y termina dibujándole una caja? Sí, me acuerdo… Lo hizo porque el niño no paraba de ponerle pegas a cada boceto. Exacto, y al final opta por garabatear un cuadro y decirle que el cordero que quiere está en su interior; el cordero arquetípico, platónico, ideal, el único que podría satisfacer su deseo de ver un cordero. Ajá. ¿No me sigues? Creo que no. Es muy sencillo: voy a construir una cajonera gigante para que la gente la llene con sus ilusiones, con sus secretos; la levantaré en secreto (esto es importante: mantener el misterio) el centro de la ciudad para que todos puedan verla y dejar en ella parte de sí mismos, los niños, los mayores, incluso los animales, todos; los compartimentos serán herméticos al cien por cien, así que no habrá peligro de fugas y la realidad no se verá afectada, al tiempo que se garantizará la privacidad de los usuarios y sus donaciones; luego, a medida que esos compartimentos se vayan completando, bastará con ir añadiendo nuevos pisos para que la presión no colapse las paredes y se dé cabida a nuevos ingresos. Ajá, repetí sin pensar, intentando encontrar la combinación de palabras precisas que me sacara de allí lo más rápido posible. Sonreí, fui todo lo amable que pude; no fue suficiente. Quería que le diese mi opinión. ¿Qué te parece?, dijo. No está mal, pero creo que hay un problema. ¿Qué problema? Si nadie sabe para qué sirve la cajonera los compartimentos sólo se llenarán de dudas, de pensamientos espaciosos preguntándose para qué diablos sirve la cajonera. No abrió la boca ni hizo ademán. Continué. Además, dará igual los pisos que agregues: cuanto más grande sea el edificio más lo serán las dudas, y nunca habrá sitio para un solo deseo. Seguía sin hablar. Se limitó a señalarme la puerta. Hace poco me dijo otro vecino que se marchó a vivir a Estados Unidos. Antes de irse llenó todos los buzones del bloque de volúmenes maltratados de El principito.

domingo, 5 de junio de 2011

Océano ejército

Van de azul, todo de azul. El viento bate los mantos de hilo, bruscamente añiles. Cosidas a la moharra de la pica (cuyo aguijón es romo) las oriflamas saborean las nubes con serpentinas lenguas de cobalto. Los pájaros sobrevuelan las líneas cerradas durante días antes de dejarse caer, vencidos por el esfuerzo de la cruel distancia: el involuntario oleaje de sus aturquesadas cimeras no se distingue del auténtico mar. Y, como el agua, perduran: constantes. Puede que sea el suelo el que se mueve bajo sus pies, el que los avanza y los retrocede, el que los posiciona en la coordenada precisa y consiente su peso. Si caminasen realmente, si diesen, al mismo tiempo, un solo paso, la vibración provocada por el monstruoso desplazamiento resquebrajaría la superficie y el abismo se ahondaría hasta despedazar el corazón de la tierra. Basta el hosco ronquido de los tambores, viejos como los brazos que los redoblan, viejos como la guerra que va destensando sus pellejos, para recrear la siniestra ilusión de la marcha innecesaria. El enemigo nunca está demasiado lejos; las persecuciones son ejercicios inútiles. Su estrategia es la del aire contra la roca. Su disciplina, la regalada certeza de ser invencibles, inexorables. Las legiones de César pelearon con arrojo para luego perderse en una jaula de hombres infinitos, donde también se extraviaron y olvidaron su época y su lealtad enloquecidas hordas del rey Jerjes, maltrechas falanges macedonias en busca del Nilo, jinetes arqueros de la eterna China, primitivas tribus de secretos archipiélagos, honderos celtas y veteranos cartagineses que, desprovistos de armas y de dioses, imploraron la piedad del degüello. En remotas secciones cuya denominación sus propios comandantes ignoran, aún perseveran náufragos soldados en batallas espectrales, abandonados entre rostros que declinan una sucesiva indiferencia. No luchan; no se defienden. La Infantería es un instrumento afinado, perfectamente armónico. El sistema por el que se rige es eficaz, automático. Las heridas abiertas en la formación son restañadas con rapidez. Por cada puesto hay un número inagotable de suplentes: cuando un guerrero cae, otro viene a ocupar su lugar, respetando y conservando la ilimitada simetría. La velocidad de la muerte nunca alcanza la frecuencia del reemplazo, de suerte que la marea humana fluye extensiva, como una necrópolis infecciosa, fúngica, atrayendo y arrastrando cadáveres, devorando siglos, civilizaciones, burlando la geografía y la temperatura, hasta rellenar los huecos. Hasta completar el mundo. El hombre no ha comprendido aún que la paz es insensata; que es, en cualquier caso, un trastorno puntual de la Historia. La vastedad del frente zarco, sus providenciales dimensiones, la niegan. En su victoria total, en su triunfo incontestable, esférico, próximo, habita la única esperanza. Ser uno más y nada más. Encajar, al fin, para siempre. Ojos azules, horizonte azul. Milimétricamente felices.

jueves, 2 de junio de 2011

Elegíaca Venecia

No como se perdieron los libros de Alejandría
se perderá Venecia: será una lenta llamarada.
Tiempo atrás empezó este incendio de agua
que pertinaz consume su memoria, día a día.

Tal vez, indolentes, acordaron las estrellas
que una noche faltaría el Véneto, no la herida.
La Italia recortada llorará en tu playa vacía;
el mapa del cosmos no alterará tu ausencia.

Habrán pasado segundos y serás Atlántida.
Cosa triste: pródiga en gigantes como fuiste,
no volverán a alcanzarte las ricas caravanas.

Te llevarás para siempre el Rialto que ceñiste
ingenua. Te llevarás San Marcos y las máscaras.
No dejarás, para los otros, más que lo imposible.

martes, 31 de mayo de 2011

El segundo viaje a Velverine

Sentí una puerta cerrarse con estrépito cuando una vez más me adentré en el trabalenguas de Calles y Avenidas que formaban el Segundo Barrio del Oeste. Me entretuve unas horas en alguna Tienda de libros antes de continuar el viaje que me llevaría hasta el Palacio Central. Revisé opúsculos anónimos, al parecer muy en boga entre la juventud de la Ciudad, cuyas páginas no diferenciaban, en esencia, el hecho espiritual de la ingeniería. Al salir, vi cómo los fantasmas de luz que arrojaban las vidrieras de las cúpulas eran perseguidos por gatos grises. Se perdían, prácticamente acuáticos, entre las rendijas de las casas, en busca de sus propios maullidos, o quizá de un pez desechado. Luego no vi la Tienda.

Recuerdo, del mismo modo y con la misma fuerza con que no recordé otras cosas, la impresión, no poco infantil, de saberme de nuevo ante el Laberinto. Me deslumbró la impiadosa complejidad que apenas un paso antes había aceptado como parte fundamental de mi suerte, pero que ahora, un paso después, me hería los ojos con la ansiedad que acompaña al fin de una larga ceguera. Ingenuamente refugié la vista en el mapa y acaricié ciertas líneas con la esperanza de encontrar el camino más corto. Fue inútil: el lugar seguía siendo tan impronunciable como irreproducible; cualquier intento de plasmarlo entre dos orillas, ya fueran de arena o de papel, estaba abocado al desastre, condenados sus pretenciosos (o inconscientes) autores al público y justo escarnio. Estaba de pie, por tanto, en un punto y en un tiempo que no volverían a existir, en esa parcela exacta donde lo que empieza y lo que no acabará nunca se confunden en una calzada de piedras fugaces. Levanté la mano y señalé una estrella.

Creo que permanecí así varios días, tratando de distinguirme frente al pesado firmamento en mi personal infinito, temeroso de proseguir y dejar atrás un hombre semejante a mí, de abandonar a muchos hombres, los mismos hombres, con las mismas preguntas, con las mismas falsas intuiciones, en diferentes y adhesivas soledades. Temí infestar Velverine con sombras de mi sombra hasta que el Universo no fuera más que la descripción de mi rostro y su Historia quedara en mi insuficiente biografía. Decidí no volver a moverme. Ignoré el hambre, el frío y las pulsiones; sacrifiqué el futuro a cambio de una escena fija, inalterable. Me redimí, al llegar la muerte, pensando que si bien había fallado en la humildad de ser el único, al menos habría logrado convertirme en el postrero eslabón de mi cadena. Tal vez uno de los extremos mantiene seguras las puertas de la Muralla. Tal vez el otro define la libertad de un Desconocido.

sábado, 14 de mayo de 2011

El organito

Todo empezó con el tumor en la pared de la cocina, cuando aún estaba por desarrollar y no se apreciaban metástasis en otras partes de la casa. Fue Sánchez quien lo relacionó casi desde el primer momento con la película Videodrome, de Cronenberg, argumentando que no se trataba en absoluto de una excrecencia maligna, sino de un órgano. Uno nuevo, decía, completamente diferente a los otros, mucho más potente y sofisticado, un prodigio evolutivo cuyas funciones, si bien aún por completo desconocidas para nosotros, habrían de ser primordiales de cara a una inminente revolución de la carne frente a lo virtual. Sánchez era una de esas personas que pensaban en el cine como en una enciclopedia ilustrada en la que podía encontrarse la solución a cualquier duda. Siempre tenía lista la referencia adecuada para cada situación, por compleja o surrealista que fuera. Si hubiese acertado en su diagnóstico, al menos, hoy sería más soportable seguir respirando.

Como cabía esperar el organito (así lo llamaron los hijos de mi vecina la tercera vez que vinieron a verlo) se convirtió en la sensación de la temporada para mi círculo social, que creció inusitadamente a raíz y alrededor de tan enigmático suceso. Invité a cenar a amigos y conocidos que lo miraban fascinados y se fotografiaban junto a él, la mayoría posando con una indisimulable expresión de recelo; otros, abiertamente encantados. A medida que la fama del misterioso apéndice se fue extendiendo por la ciudad, me vi obligado a ofrecer veladas de presentación para grupos enteros, en las que como un guía turístico yo repetía una y otra vez la misma historia, adornándola en cada ocasión con florituras de mi cosecha para ganar en intensidad y mantener la expectación durante horas, provocando en el público, de cuando en cuando, accesos incontrolables de excitación nerviosa. Reconozco que me gustaba sentirme el centro de atención entre tanta gente. Yo, que de ordinario apenas sobresalía en nada, me vi transformado sin previo aviso en el anfitrión más deseado, en el ineludible maestro de ceremonias del underground fosco. No obstante, fugaces son las modas, tal como me vino la popularidad me abandonó sin decir adiós, y de nuevo me quedé solo con mi particular compañero de piso.
Recuerdo que verlo todos los días como algo cotidiano, como un elemento más de la casa, no ya como un monstruo de feria del que era fácil olvidarse hasta la siguiente función, me produjo una extraña sensación de agobio, de falta de intimidad a la que me costó llegar a acostumbrarme. Sentía, no sé cómo explicarlo, que de alguna forma me espiaba cuando estaba en la cocina, mientras comía o fregaba los platos, y que me seguía vigilando en el salón, en el cuarto de baño, e incluso en mi dormitorio. Preferí no comentar el asunto con nadie y menos aún con Sánchez, que de seguro me convencería para llevar a cabo algún disparatado experimento inspirado en alguna escena estilo Clive Barker, o peor, David Lynch. Entonces comenzó a engordar. No es que hubiese permanecido estático desde su aparición, latiendo débilmente como un corazoncillo injertado en el yeso, pero ahora era perfectamente visible como su masa se iba incrementando, lenta pero imparable, hora tras hora. Ningún emoliente lo reducía. Lo cubrí con un mantel de flores en un ridículo intento de evadirlo, pero después de una semana había crecido demasiado como para continuar fingiendo que no estaba ahí. Al mes tuve que apoyarlo en una mesa para que no arrastrase y pringara el suelo con su pestilente exudado. Y una noche finalmente, como si lo estuviese esperando desde hacía tiempo, habló.
En un principio no fueron más que gruñidos apagados, apenas murmullos, que podían confundirse con maullidos callejeros que se colaran por la ventana abierta de la habitación. Luego tomaron forma hasta articularse en palabras entendibles, y más adelante en frases completas y con sentido, pronunciadas por una voz sutil, andrógina, muy parecida a la de Rosalinda Celentano en su papel de Satán en La pasión de Cristo. Empezaba a eso de la una y proseguía durante toda la madrugada, insistente como una letanía, disertando sobre los temas más diversos. Yo no me atrevía a intervenir nunca en los monólogos, aterrorizado ante la perspectiva de que me saliese con un golpe al que no supiera responder, cosa peligrosamente probable habida cuenta de su verbo elástico y fluido. Bla, bla, bla... (el hecho de que lo llamase organito pasó de ser una graciosa coincidencia a suponer una espeluznante ironía, más por el infalible soniquete con que me torturaba los tímpanos que por su desmesura). El insomnio pronto hizo mella en mí. Me fastidiaba encontrarlo por las mañanas, rojo y en silencio, mediodía y tarde, sin dar señales de vida, para desfogarse por las noches en interminables discursos, como si le escocieran mis cada vez más reducidos minutos de sueño. Y pudiendo haberme dado por la tele (estaba harto de ver películas), leer o chatear para entretenerme hasta que saliese el sol, me dio por escribir.
Cogía un folio en blanco, ponía la fecha y rellenaba unas cuantas líneas hablando de esto y lo otro, sin demasiado interés por la calidad del texto y ninguno por su caligrafía. Me acuerdo de que una de las primeras páginas era un «Hola, me llamo X y estoy en proceso de volverme loco, ¿me ayudas?», copiado decenas de veces como si me hubiesen castigado por hacer el ganso en clase. Se me ocurrió llevar un diario de vigilia, anotando las cosas que me habían pasado y las que me quedaban pendientes, pero esa capacidad de inventiva que tan bien me funcionaba para venderme entre los curiosos, ahora, no sabía combinarla con la constancia del narrador. También ensayaba cuentos y relatos tontos, sobre fantasmas y viajes en el tiempo, pero sudaba tinta (y nunca mejor dicho) para estirarlos más de tres hojas, y siempre los acababa rematando con finales copiados de otros autores. Quizá no eran sólo imaginaciones mías que el organito me observaba, rezumando elocuencia desde su púlpito junto al frigorífico, porque una noche, viéndome bloqueado, decidió echarme un cable. Tenía una idea para una historia de «horror mórbido», género recién alumbrado y todavía virgen, que no conseguía hacer arrancar. Se titulaba Casa de músculo.
Ni me di cuenta, en tanto subrayaba esas tres palabras, de que mi inagotable inquilino se había callado. Y digo esto ya que, justo cuando estaba por escribir la siguiente, barajando unas pocas que no me terminaban de convencer, aquella boca ni masculina ni femenina me sorprendió recitando: «Las paredes palpitan arrítmicamente. El suelo se tensa y destensa en espasmos peristálticos. Los escalones segregan jugos purulentos. Los pasillos eructan vapores mefíticos, masticando el aire y enredando la luz en densos filamentos de saliva». Y volvió a callar. Me estaba dando tiempo para apuntarlo. Lo leí y pensé que aquellas frases, y sólo aquellas, eran las justas, las que debían estar ahí, sobre el papel, contando lo que yo no llegaba a contar como quería, con una elegancia y una precisión que sólo estaban al alcance los grandes genios. Siguió muchos párrafos más, muchas páginas más, muchas, muchísimas lunas más. En un abrir y cerrar de ojos la inaguantable manía del organito se había trocado en un pródigo torrente de creatividad que me franqueó los placeres más oscuros de la literatura. A su dictado escribí auténticas obras de arte cuya publicación las editoriales más prestigiosas se disputaban, y sus libros, con mi nombre, se contaron entre los más vendidos y aclamados por la crítica. Me convertí en la más humilde, aunque rentable, versión de un dios urbano. Pero no reparé en que, quien dicta, encabeza una inevitable dictadura. Estaba encantado de bailar al son del tango que me tocaba.
Sánchez, a quien no había visto desde hacía más de un año, me telefoneó un día y quedamos esa misma tarde para picar algo y charlar en mi casa. Inmerso como estaba en la promoción de mi último best-seller, atosigado por entrevistas, sesiones de autógrafos y cócteles (volvía a ser el rey de la fiesta), con la cabeza en todos sitios menos en el presente, ayudado además por la conversación sobre Bergman que se traía mi amigo, no me fijé en la hora hasta que fue demasiado tarde. Mi cáncer favorito estaba a punto de aclararse la garganta y regalarnos a ambos una nueva joya de las letras universales, en primicia exclusiva y sonido 5.1. El secreto, el más terrible y vergonzante secreto, peligraba. Me desabotoné la camisa, acalorado. Me froté las manos, histérico, revolviéndome en el sillón. Miré el reloj. «Ahora», pensé. Y lo escuché, como siempre, como cada noche, con aquella voz más dulce que la más dulce de las nanas, descubriendo el pastel. Pero Sánchez ni siquiera se giró. Seguía en su sitio, tras la lata de cerveza, dando la murga sin saberse interrumpido por un orador mucho más diestro que él. Comprendí entonces que el organito me hablaba sólo a mí, que me había escogido a mí de entre toda la especie humana, que sólo conmigo compartía su don. Me embargó, sé que no es excusa, una avalancha de gratitud, de amor ciego. Por eso cuando me dijo «mátalo» no quise negarme.
Arrastré el cadáver hasta el armario de la limpieza mientras el organito prometía recompensar mi solicitud con las mejores ficciones jamás escritas, con legiones de admiradores en todo el planeta, con adaptaciones de mis novelas en la gran pantalla, con el reconocimiento unánime del mundo académico, con el Nobel de Literatura. En fin, con el éxito y la gloria eternos. Lo vi, como si nunca antes lo viese, rebosando la mesa y ocupando casi toda la cocina, desparramándose con viscosa cachaza, hinchado como un globo al que sólo le entra un soplido más. Dejé caer las piernas de Sánchez y me acerqué. Con una sonrisa venida de no sé dónde acaricié el tejido húmedo, que se agitaba y gemía, igual que el dinosaurio protagonista de En busca del Valle Encantado al romper el cascarón. Creo que susurré «te quiero». Plagiándome el pensamiento, una línea se dibujó sobre aquella superficie sanguinolenta, hundiéndose carne adentro, fracturándose, ulcerándose en una vulva gigantesca de labios espumeantes. Las dos mitades del inmenso tumor se separaron como una sandía abierta, y en su interior, encogida, vi esa figura, tal vez un embrión, tal vez una persona formada, cuya voz, ahora sí, reconocía. Escapé. Nadie ha vuelto a escucharme hablar, pero sé que aún leen mis libros.

viernes, 13 de mayo de 2011

El almacén del silencio

Visto desde afuera no se diferencia gran cosa de cualquier otra nave industrial: cuatro paredes blancas formando un rectángulo de 56 por 22, siete metros de altura repartidos entre dos plantas, una puerta abatible de chapa azul (lo bastante ancha para permitir el paso de transportes de gran tonelaje) y el sencillo tejado a un agua que cae hacia el frontal, dándole al conjunto un vago aire de alpendre. El edificio, o más propiamente la parte construida por encima de la superficie, no es más que una diáfana sala de espera, zona de carga y descarga, oficina y recibidor, que aun a pesar de sus inevitables necesidades sonoras está sujeta a la inflexible normativa que rige en todo el complejo, por lo que queda terminantemente prohibido hablar si no es en susurros, e incluso así, no superar en ningún caso los cinco minutos de conversación. No se permite el uso de teléfonos móviles, buscas o dispositivos similares; el arco de seguridad de la entrada es de funcionamiento silencioso. Todo el interior está forrado con paneles acústicos de un inexplicable tono burdeos, suelo incluido (la impresión que ofrece, según algunos, no es muy distinta de la de encontrarse dentro de una enorme aurícula en sístole). El mobiliario, sillas, mesas, estanterías, así como los teclados de los ordenadores y hasta el material fungible están, también, acolchados para reducir el ruido que provoca su uso en la medida de lo posible. Se observan unas maneras y se respira ya un ambiente que no puede ser tenido por menos que religioso. No obstante, el verdadero almacén empieza varios pisos más abajo.

Se accede a través de un elevador con capacidad suficiente para albergar dos camiones contenedores de tamaño estándar. Del número -1 a -18 encontramos, además del salón de juntas, el registro, la escuela y el hospital, las viviendas de los trabajadores, integradas en la propia estructura del almacén y adjudicadas según el cargo que desempeñan. Cuando la pantalla de cristal líquido ilumina el nivel -19, el sistema requiere la introducción de una contraseña. Una vez confirmada su validez, las compuertas de acero se desplazan verticalmente para dar paso a amplia galería de iluminación neutra, plagada de carteles indicadores y brazos mecánicos que facilitan la carga de mercancías, donde los usuarios (meros visitantes o compradores) son conducidos por los operarios a las cámaras de consulta. Muros de cemento de noventa centímetros de espesor, atravesados por placas de plomo, separan un compartimento estanco del siguiente, conservando el silencio aséptico y evitando filtraciones que puedan provocar algún tipo de contaminación. Para pasar es obligatorio desvestirse por completo y enfundarse una ajustada malla blanca, con un código identificativo resaltado en braille sobre el hombro izquierdo. Hay que llevar, también, una mascarilla que cubre completamente la nariz y la boca (dependiendo de la duración de la estancia, las autoridades recomiendan el uso de una escafandra insonorizada como protección adicional), así como guantes y zapatillas especiales, fabricados de un tejido similar al que recubre el suelo. Ningún documento o depósito debe, por supuesto, ser manipulado directamente, sino a través del instrumental adecuado.

En cada habitáculo hay un pilar central, cilíndrico, rodeado de sucesivos anaqueles circulares. Allí se ordenan millones de libros en blanco (borrados o jamás escritos), colecciones enteras de bolígrafos y plumas gastadas, horas y horas de casetes, cintas de vídeo, CD, DVD y Blu-ray totalmente mudas, que pueden reproducirse en altavoces ultrasensibles capaces de ecualizar la frecuencia exacta del vacío. Desde los legajos más remotos hasta el último avance de la tecnología, todas las entradas recogidas en el inventario del almacén devanan la dilatada e inopinada historia del silencio. Aprendemos, en primer lugar, que el silencio, probablemente, sea anterior al hombre, y que por lo tanto no existe forma de crearlo o destruirlo, ni siquiera de transformarlo. A todo lo más que se puede aspirar es a mantenerlo, estabilizando sus condiciones para permitir su análisis (no falta quien ha especulado con la esperanza de la replicación, aunque a día de hoy los intentos no han tenido éxito). Hay silencios y silencios, claro está. No puede compararse, por ejemplo, el que se oyó tras la erupción del Krakatoa (referencia: KR-M-1883) con aquél que siguió al siseo metálico de la cuchilla que seccionó la cabeza de Luis XVI (referencia: FR-E-1793). Son silencios únicos, irrepetibles. También los hay cotidianos y sencillos, como el de las cinco y cuarto de la tarde en el cruce del Ecuador con el meridiano de Greenwich (referencia: AT-#-#), o el que se produce bajo una alfombra en el pasillo de un séptimo piso de la calle Cruz del Molinillo, Málaga, un día de lluvia (referencia: ALF-#-[α]). Si una cualidad define al silencio, por encima de cualquier otra consideración, ésa es la especificidad.

No es impertinente recordar que la empresa responsable de esta organización no se dedica exclusivamente a tareas de almacenamiento. Como mencionábamos antes, es corriente que tanto particulares como grandes firmas se interesen por los productos en existencia, y cierren suculentos contratos a cambio de los derechos de explotación de un silencio en concreto, bien para reforzar la imagen corporativa con un halo de solemnidad (en millares de kilogramos), o bien para saber callar con distinción y eficacia garantizadas. Por medio de estas transacciones se obtienen ingresos suficientes para financiar las labores de investigación, que constituyen el capítulo principal de gastos de la compañía. Desde la fundación se viene estudiando el que fue el germen de todo el proyecto, y que con los años ha ido acumulando complejidad y asombro para los científicos especializados: una raíz del silencio original, pura, hallada a los pies del Teide a las cuatro y cincuenta minutos de la madrugada del 13 de abril de 1967 (referencia: A-0-0). Fue transportada hasta lo más profundo del recinto en un silo presurizado y a temperatura constante, donde aún se guarda. Lo custodian jóvenes empleados, nacidos en el almacén, que ni siquiera sospechan un mundo en el que los decibelios no sean pecado. Una vez por década el Director entra en el Sancta Sanctórum, sin testigos, y destila un 0’01% de la raíz para liberarla al exterior y equilibrar la armonía terrestre. Luego lo incineran y muelen las cenizas. La pérdida es inmensurable, desde luego, pero la merma más insignificante de ese silencio debe ser compensada, restituida, con una ausencia total que a la nada sume nada. Me atormenta pensar que cuando la humanidad desaparezca, tras el último sacrificio, un eco inextinguible brotará del almacén y corromperá el espacio. Haber muerto para entonces es un argumento que no logra consolarme.

jueves, 5 de mayo de 2011

La pirámide innombrable

A menudo he tenido un sueño. Uno bastante elaborado, es justo reconocerlo, aunque muy poco original, cuya simétrica insistencia, no diré molesta pero sí desasosegante, me lleva a pensar que tal vez habrá en él un ápice de valor, bien una enseñanza oculta, o una visión profética, acaso nada más que un ingenuo entretenimiento, suficiente para que merezca la pena contarlo, evocarlo.

Hélo aquí. Veo una pirámide surgida a partir de la repetición de un mismo libro. Cuatro triángulos equiláteros, coincidentes en el vértice superior, orientados cada uno al norte, sur, este y oeste, a donde llegan caminos cuyos nacimientos caen de la otra parte del horizonte circular, un terreno excesivo que no hace sino agregar magnitud al misterio arquitectónico, en apariencia eterno y espontáneo. No puedo asegurar, sin embargo, que no se trate de un solo libro, y que sean las páginas las que están dispuestas en una poco ortodoxa encuadernación estilo zigurat, apiñadas unas sobre otras dejando cada vez menos espacio, menos palabras, hasta el hermético punto final, en la cúspide.

Por los caminos llegan hombres sin rostro que ascienden por los escalones de la pirámide, rodeándola, manoseándola, gastándola, y que luego descienden con síntomas vivos de fatiga, decepcionados, tristes. Cuando le pregunto a uno de ellos qué busca, me responde que sólo trata de encontrar el párrafo en el que el autor escribió su nombre, Por qué, es que no lo sabes, le interpelo, Lo sé, me contesta, pero quiero leerlo para creer que es verdad que existo, que sigo aquí, que no soy otro, que no soy, por ejemplo, tú mismo. Comprendo que está loco, pero al instante recuerdo que estoy en un sueño, donde todo puede funcionar, y de hecho funciona, merced a un mecanismo distinto al que impera durante la vigilia, por lo que reflexiono hondamente en pos de alguna respuesta, de algún indicio de claridad.

Pasan las nubes, no sé si también pasará el tiempo, y me descubro agachado sobre los ladrillos, repasando con el dedo angostas líneas de letras, a la caza de mis letras, las que me pronuncian, las que me hacen sonar con una voz única, una voz de papel manchado, un eco impreso, sostenido, que me separa y me distingue del resto de los símbolos y de los hombres, esa concatenación, ya casi azarosa, de trazos que leí en tantos sitios, tantas horas al día, tantos días al año, o los recordé, con exactitud, como quien recuerda su dedo índice, limitando mi contorno y mi identidad, definiendo el yo que soy, como un peón, en su ajedrez infinito, negro sobre blanco. Pero dar con ese pasaje esencial requiere de una ardua labor de arqueología literaria. Las excavaciones son implacables, y, por lo que puedo oír, se heredan de generación en generación, con hijos removiendo pesados capítulos en busca de los nombres fosilizados de sus padres.

Ocurre que la pirámide, a causa de tan invasivos escudriñamientos, se va agujereando y vaciando hasta quedar hueca, seca por completo de frases y esperanzas. Es entonces cuando observo un curioso proceder en los mineros anónimos. Éstos, sin querer resignarse a la desilusión, anhelando el bautismo de la tinta, garabatean sobre la superficie perforada, en el labio de las simas profundas, nombres nuevos, tomados de la memoria o robados a la imaginación, concisos, de apenas unas sílabas, o largos y compendiosos como enciclopedias, modestos murmullos o poderosos cánticos de arcángel, grabados de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, en muchos colores, en todos los idiomas. Mi firma también contribuye a la obra general, que crece caracoleando por las paredes como un caligrama inquieto, ensortijándose en una historia cuyo protagonista es tan imposible como el propio sueño.

Luego, sin motivo, los caminos se evaporan y el horizonte vuelca hacia adentro su inmensidad. La pirámide flota ahora sobre un desierto de aire abisal en el que la historia se escapa, desbordándose en el olvido, vocal por vocal, consonante por consonante, los puntos, las comas, las tildes, los hombres, las mujeres, los niños, agrietándose y disolviéndose, borrándose en un silencio perfecto. Sólo quedo yo, en medio de todo, en el principio, en el final, pero ya no sé quién soy. Tengo miedo, durante inconfesables minutos, de que tampoco los espejos me recuerden. Siempre me despierto en el mismo instante.