domingo, 30 de octubre de 2011

Preámbulo a las instrucciones para renegar de un idioma (remake)

Y piensa en esto otro: cuando te enseñan un idioma te enseñan una dulce nana de insomnio, un catálogo de espejismos, una mordaza de letras. No aprendes solamente el idioma, que lo observes con rigor y confiamos en que lo honres porque tiene su historia, castellano, de la pluma que sostuvo Cervantes; no te enseñan solamente ese organillo invisible que llevarás en la boca y sonará por ti. Te enseñan –lo saben, lo terrible es que lo saben–, te enseñan un angosto desfiladero inasequible a los demás humanos, algo que es tuyo pero no te obedece, que tienes que obedecer en todo momento para no sentirte perdido, como el mapa actualizado de una ciudad fantasma. Te enseñan la necesidad de hablarlo todos los días, la obligación de hablarlo para que siga siendo un idioma; te enseñan la obsesión de buscar la palabra exacta en las hojas de los diccionarios, en los congresos de la academia, en una bronca nocturna. Te enseñan el miedo a olvidar una tilde, a colar una hache, a bloquear mayúsculas y que te llamen analfabeto. Te enseñan su gramática, y la seguridad de que es una gramática superior a las otras, te enseñan la costumbre de leer tu idioma en los demás idiomas. No te enseñan un idioma, tú eres la asignatura, a ti te imparten para afinar el eco del idioma.

sábado, 15 de octubre de 2011

Introducción a la invisibilidad

Un anciano derviche oriundo de Bagdad, que por muchos años fue patrón del desierto y señor de sus ropas, presintiendo la muerte cerca de una mezquita, apremiado por la falta de tiempo y papel, copió en un margen del Alcorán (que Alá lo perdone) la fórmula para hacerse invisible. El santo libro conoció un milenio de arena antes de ser recuperado por un aventurero inglés y llevado a Londres para su restauración y estudio. Meses más tarde, mirando a través de una lupa sostenida por arneses de acero, un reputado paleógrafo a cargo de la investigación se topa en la orilla de una página con el garabato del viejo sufí. Sólo una palabra, inscrita dentro de un torpe círculo en un dialecto insondable. El informe remitido al director del Museo Británico sugiere una traducción aproximada del término, que fervientemente rebate un catedrático de Cambridge. El documento asegura que en ese añadido posterior se lee vete. El profesor insiste en que la transliteración estricta de los signos da vuelve. Aún no se ha llegado a un acuerdo.

viernes, 14 de octubre de 2011

Corbata

Una única corbata, una corbata lenta y robusta, pariente tal vez de una anaconda, anillada de alfileres dorados, con una perlita que se esconde en el repliegue de los nudos, atosiga el cuello de todos los hombres. Por la ciudad se vierte en aluviones de seda estampada, remontando en urgente desemboque las nieves perpetuas de la camisa, corriente textil con espíritu de salmón, abrazándose a las gargantas, protegiendo del frío y de la frivolidad. Gracias a la corbata ya nadie hace el ridículo ni sobresale por encima de la media. Gracias a ella han retirado de los restaurantes el odioso cartel, siempre en caligrafía gótica, que reprochaba su ausencia. Ahora, los oficinistas marchan impecables al trabajo, funcionarios de la corbata, bogando en líneas rectas que entienden calles distintas, de cabeza al máximo rendimiento. Para la ópera desfilan conjuntados con su color, péndulos, engalanados de simetría, hisopados con idénticas gotas de colonia. Que la noche, que la dicha, como la corbata, no acaben. Hasta el dormitorio acompañan los mismos lazos, mullidos en forma de almohada o imbricándose en exquisitos edredones que adulteran el sueño. Afluentes más atrevidos dan a las escuelas primarias, a las grutas de ozono de los hospitales, o se adentran en el campito que ensombrece el mármol de los nombres y las fechas. Al final de la Avenida Libertad, junto a una palmera amarilla, se dan la mano dos desconocidos y se felicitan por el triunfo final de la corbata, por la abolición de las otras modas, argucias de la marginación que en mala hora gozaron la fama. Aquí todos tienen su sitio, no hay arrabales ni privilegios, reina una armoniosa ecuanimidad. Si ella no estuviese, dicen, si nos faltara un día, Dios nos coja confesados. Asienten y se despiden. El primero toma el camino de la derecha, el segundo el de la izquierda. No dan más que unos pasos. La tela, con reflejo pastoril, pronto los llama de regreso a la fila que los cruzaría más adelante, y que los seguirá cruzando cada mañana. Huir de la corbata, burlar su tutoría, desatarse, es el peor delito contemplado en el Derecho, acreedor del escarnio, la inhabilitación pública, la mácula indeleble del apellido y la pérdida de los pulgares. Por algo son parónimos desatar y desertar. Pero ella vigila para que no ocurra. Tiene bien guardadas las fronteras de su hilo. Cuentan algunos que en ciertas puntadas, a la luz de una farola, le han descubierto ojuelos de perdiz que observan, que escudriñan, que van al hígado, que miden, que se cercioran y señalan, que recomiendan una película, una marca de cigarrillos o una tienda de postales, que ordenan, los domingos, la tendencia de la raya en el peinado, que escriben tildes olvidadas, que marcan precios excesivos en las jugueterías, que reprueban las uñas sucias, el escándalo y la anorexia de los libros, que escuchan, que sonríen, que golpean en el pecho un compás que prohíbe la catástrofe, que saludan, que agradecen, que nunca, nunca abandonan. Nadie teje en el horizonte esta corbata, este mundo sostenido por el mundo. Cuando acaben los hombres seguirá, inmóvil, famélica, tendida en el suelo como la piel vacía de un incesante ciempiés.

jueves, 13 de octubre de 2011

Diagnóstico y tratamiento de la sospecha

Se hará la pregunta al cerrar la puerta del ascensor, al abrir un libro por la penúltima página, al entrar en la consulta del médico o al salir de la peluquería. Se la hará igualmente en cualquier otro país, en cualquier estación. Se la hará, si la duda es perentoria, dentro de un submarino, bajo el paraguas rosado, en la cama (esto ocurrirá muchas veces) o a punto de estornudar. Ante todo, no se alarme. Dejando a un lado la intensa angustia que provoca, el mal que usted padece, a priori, es inocuo. El desarollo de la afección es común. Sobreviene el contagio en ambientes propicios al silencio y la conjetura, espaciosos y despoblados en la mayoría de casos, apacibles, aunque no es infrecuente que se produzca en una caravana o en la cola del aseo de una taberna. Comienza con una sensación similar al picotazo leve de una hormiga. Luego, inoculada la sospecha, la inquietud arraigará a velocidad variable dependiendo del estado de ánimo del sujeto. Pase entonces a cuestionar con regularidad, preferentemente a media tarde después de comer; evite hacerlo en las primeras horas de la mañana. No tema ser crítico: indague, ahonde. Rechace las evidencias inocentes: ¿por qué se enfría el café?, ¿por qué el cielo se enreda de nubes? Repita la operación durante varios días hasta que la suspicacia original cristalice en una pregunta bien formada. (Si aparecen cefaleas masque dos aspirinas mientras descuenta segundos en un reloj de pared). Observará que la pregunta será siempre la misma, inconfundible, aunque se presente con elementos de aparente novedad, como sucede con las guerras cuando se retoman tras una tregua demasiado larga. Desconfíe, por tanto –y por sistema–, de los buhoneros que pregonan nuevas incertidumbres. Sepa que no es la pregunta lo importante. Tampoco lo es la respuesta, ni su forma ni su contenido. Si algo debe quitarle el sueño es la disponibilidad de ciudadanos, familiares, amigos (la desesperación también admite anónimos) que se dejen preguntar, que le extraigan a uno del vientre esa tenia fantasma y succionen todo el veneno. Dese prisa y encuentre el suyo lo antes posible. Recuerde que quedan pocos, que se esconden, y cada día se pregunta más. Exprese su recelo en voz alta y clara, sin atropellarse. Acuda a la radio si es preciso, a la ventana o al azar de los números telefónicos. No deje, bajo ningún concepto, reposar la intriga. Puede enconarse y provocar alucinaciones.

sábado, 8 de octubre de 2011

Eraserheart

La noche anterior había acompañado a su hermana a ver Melancholia, la última película de Lars von Trier. No sé si el dato es pertinente para entender esta historia, y además no la he visto. Nunca me ha atraído ese tipo de cine. Sin embargo era de lo único que hablaba Sabino en las contadísimas ocasiones en que abrió la boca después de aquello, por lo que me figuro que algo debía significar. Al menos para él. Tenía la costumbre, como buen profesor de álgebra que era, de atribuir un valor determinado a cada elemento que conformaba su vida. A veces no eran más que números al azar agolpados en un cuaderno. Otras veces eran palabras o grupos de palabras inconexas que recitaba de memoria, como un padrenuestro cifrado. No había detalle que escapara a su rigurosa codificación y al que no correspondiese, en su secreta escala, una precisa equivalencia. Pero en el laberinto que sufren los locos las contraseñas se olvidan y los métodos fracasan. Puede que Sabino hubiera logrado resolver el misterio que lo hundió en las tinieblas mucho antes de que se lo llevaran. Puede que nos estuviera repitiendo durante años la solución del enigma y no la entendiésemos, porque él ya no recordaba la clave para traducir la respuesta. Ni siquiera recordaba su nombre cuando a la fuerza lo metieron en la ambulancia.
Yo no hubiese reaccionado de otra forma. Hay quien pierde las llaves, el móvil o la cartera, pero no se preocupa demasiado porque, a fin de cuentas, tienen que andar por algún rincón de la casa. No pueden haber ido muy lejos. Pero lo que Sabino perdió (y le hizo perder el juicio) fue su casa. No se trató de un desahucio ni de una catástrofe doméstica, como un incendio o una inundación. No le robaron ni le sellaron la cerradura con silicona. Tampoco le ocuparon la casa a traición, mientras estaba fuera, impidiéndole entrar. Sencillamente, al levantarse una mañana, descubrió que no estaba en su piso. Que estaba en otro, en el de uno de sus vecinos, aunque en la placa exterior indicase todavía 1º F: la puerta en la que llevaba viviendo diecinueve años. El desconcierto apenas le permitió articular palabra cuando el nuevo propietario, al verlo aparecer por el salón, se puso histérico y le obligó a salir al descansillo, amenazándole con llamar a la policía. En pijama y confundido, comprobó que efectivamente se encontraba en su planta. Reconocía la pared, las baldosas del suelo, la bombilla rota del plafón en el techo, el macetero de piedra labrada, la planta de plástico. Reconocía incluso el timbre, pero cuando llamó, convencido de que todo, de alguna forma, no había sido más que un mal sueño, una alucinación quizá producto de la fiebre que no sentía, vio otra vez al mismo hombre que lo había echado con la misma cara de pocos amigos, y tras él un recibidor, un espejo y una mesita que desde luego no eran los suyos.
Debían ser las diez de la mañana. Intentó calmarse y pensar. Se sentó en el saliente de una columna, con la cabeza entre las manos. Entonces reparó en que tenía sus llaves en el bolsillo del pijama. La idea le impactó como un rayo. No se preguntó qué hacían allí, sólo se dejó llevar por ese pensamiento. Puede que la casa siga en el edificio. Era absurdo por completo, sí, pero también lo era la situación, y no se le ocurría otra cosa que hacer. Puerta por puerta se dispuso a comprobar los otros cincuenta y cinco pisos del bloque (ocho plantas de a siete letras cada una, A, B, C, D, E, F y G), esperando que alguna se abriese. A punto de desistir dio con ella en el 4º C, después de casi una hora de intentos fallidos y de inventarse una excusa medio creíble cuando le sorprendió de cuclillas en el rellano, con la nariz en la cerradura, el responsable de mantenimiento. Un escalofrío le sacudió la espina dorsal en el instante de empujar el pomo. Era como si una parte de él, no sabía cuál, temiera que fuese posible, que fuese tan simple. Y lo fue. Allí estaba su piso. Allí estaban su recibidor, su espejo y su mesita. Allí estaban también los cuadros, las alfombras, los libros sobre el estante en su exacto desorden, los platos sucios en el fregadero de la cocina, el ventilador encendido y la cama deshecha. Allí estaba, otra vez, su vida, borrada de su línea original y reescrita en otro párrafo, un poco más arriba, sin añadidos ni correcciones, con las mismas letras, con el mismo sentido. Exhausto para plantearse siquiera pensar en ello, se echó en el sofá y cerró los ojos. Horas más tarde, cuando despertó, la casa había vuelto a desaparecer.
Con el tiempo constató que el fenómeno era frecuente, muy frecuente (al menos cinco cambios por mes), y que su periodicidad no podía concretarse. Tan pronto el piso permanecía tres semanas anclado en el 6º E, prometiendo el fin del suplicio, como se extraviaba consecutivamente en el 8º D, 7º A, 2º G y 3º C en el transcurso de tres días. Observó también que el apartamento experimentaba episodios de no más de un par de horas antes de regresar a la misma ubicación, y que con mayor virulencia hasta era capaz de trasladarse en lapsos inferiores a diez minutos, convirtiendo la búsqueda en una odisea contrarreloj. Previendo estas circunstancias, Sabino tomó por hábito llevar siempre consigo una mochila con comida y ropa, ya que no sería cosa extraña verse, de cuando en cuando, forzado a pasar la noche en el recodo de las escaleras. Después del primer año los vecinos se resignaron a su extravagancia, aceptándola como un mal menor. Lo veían deambular por los pasillos, en el ascensor con la mirada perdida, bisbiseando, o apoyado en la pared del portal sin atreverse a salir, espiando la calle como si ya fuese mentira. No molestaba a nadie, o al menos nadie se quejaba. Se limitó a obsesionarse en silencio con hallar una explicación, con despejar la incógnita, renunciando a todo lo demás para concentrar sus energías en esa única y capital tarea. Rascó en las paredes encrespados algoritmos para calcular las probabilidades de desplazamiento de la casa, pero los saltos eran cada vez más impredecibles. Cuanto más empeño ponía en perseguirla, más rápido escapaba. Huía, fintando y quebrando, y en el sueño la imaginaba con el gesto burlón de una hiena, respirándole en la nuca un aliento helado antes de volver a ocultarse.
La última vez que pudo localizar el piso estaba en el 5º B. Llevaba cuatro meses sin verlo. Pasó, afirmó el pie y juró que no lo dejaría marchar. Y buscó. Buscó por todas las habitaciones, en todos los armarios, dentro de cada cajón, bajo la cama y bajo las mesas, tras los muebles y los retratos, rasgando la almohada y los cojines, levantando las losas de la terraza, escarbando la tierra de las macetas, vaciando el frigorífico y desmontando la lavadora, desguazando el ordenador y reventando la tele, arrancando las páginas de los libros, los ganchos de la cortina y el marco de las ventanas, en el paragüero, en el revistero y en la doble rendija de la tostadora. Buscó el porqué, sólo el porqué, aclarado en una carta sin firma ni remitente. Buscó un revulsivo para su angustia, pero no hubo nada, ni una pista. Cogió del trastero una lata de pintura blanca y una brocha, cambió la mochila por una maleta de viaje y esperó. Cuando la casa se fue al día siguiente supo que su adiós iba totalmente en serio. Pero no pensaba darse por vencido. Inspiró, con la sonrisa remota, preparándose. Pintó un corazón diminuto en el marco de la puerta, y lo pintó también en el de la puerta contigua. Los fue pintando por toda la planta y por las otras plantas: marcaba los naipes que no revelaban su suerte. El edificio se le acabó y volvió a empezar, reiterando corazones blancos que se derramaban por las jambas hasta tocar el suelo, como señales de peligro en una selva invisible. Sus ecuaciones le decían que ya estaba muy cerca, que faltaba poco. Pero los vecinos se habían cansado. Sintió el rumor de las sirenas y las manos de los enfermeros cayendo sobre él casi al mismo tiempo. Mientras lo arrastraban, antes de que la sedación hiciese efecto, los vio. Eran muchos, treinta o quizás cuarenta, todos iguales. Se habían ignorado recíprocamente en su peregrinar a lo largo de los años, convenciéndose unos a otros de que cada cuál era el único. Pero ahora estaban allí. Los veía diáfanos, con las greñas hirsutas y las barbas rotas, cubiertos con penosos harapos, medio ciegos, cojos, desechos. Apretaban en la mano derecha, bendito rosario, oxidada de sangre, una llave gastada por el uso.

viernes, 15 de julio de 2011

Macedonia tibia de caballo

Jozef Weigner escribió un libro. Una editorial lo publicó y a los dos meses de salir a la venta recibió una carta sin remitente. Un lector anónimo le confesaba que su novela le había cambiado la vida. El matasellos era de Aalborg, Dinamarca; una ciudad con puerto de mar. Le pareció muy apropiado. Jozef Weigner era farero en el litoral noroeste de Polonia. Un administrador de luz, según sus propias palabras, un funcionario-interruptor. Su faro era una vetusta edificación de ladrillo rojo gastada por el viento del Báltico. Sobrepasaba el siglo de antigüedad. La linterna, surcada de grietas a las que Weigner divertía llamar arrugas, apenas se alzaba del suelo una decena de metros. Una instantánea del faro al atardecer, captada por un reportero neoyorkino, fue usada una vez como motivo en una postal que tuvo cierto éxito en una tienda de souvenirs de Szczecin. Weigner aparecía en una esquina de la foto con un peto amarillo, apoyado en un bastón de fresno. Quedó muy satisfecho con el resultado, pero jamás se le ocurrió escribir al fotógrafo para contarle lo mucho que esa imagen había influido en su vida. De hecho, ni siquiera tener un oficio tan inusual y, en alguna medida, tan romántico como el suyo, había condicionado lo más mínimo su carácter. Sólo le dio la oportunidad. Tal vez, por esa simple razón, inauguró, o dio luz verde, como él sin duda hubiese preferido decir, al torneo por el que años más tarde se haría mundialmente famoso. Empezó como una broma de mal gusto por la radio costera, que otro farero recogió como un desafío y se propuso superar. Este hombre oyó como Weigner alardeaba de haber hundido tres barcos por medio de señales engañosas, conduciéndolos a arrecifes ocultos contra los que se estrellaban y desaparecían engullidos por el mar en mitad de la noche. Algo parecido a los señuelos luminosos que en el Caribe se utilizaron durante años contra los piratas. Una semana después la prensa local se hacía eco de un naufragio acaecido en un pueblo pesquero cercano a Gdansk. Ocho muertos. Esa misma tarde, a través de la onda corta, reclamó la autoría de la hazaña el compañero de Weigner. Hubo un momento de silencio parecido a una profunda reflexión. Al final, acordaron que lo más correcto sería organizarse y consensuar unas normas. Participarían catorce fareros de todo el país, diseminados por la orilla entre la frontera alemana y la antigua Königsberg. Cada uno desembolsaría mil złoty que irían a parar al ganador: al primero que en el plazo de doce meses demostrase haber provocado diez naufragios. La policía detuvo a Jozef Weigner y a otros cuatro fareros homicidas cuando sólo le quedaba un naufragio para ganar la apuesta. Desde la prisión escribió otro libro que, gracias a la cobertura mediática de su caso, pronto se convirtió en un best-seller traducido a docenas de lenguas. De todas las cartas de felicitaciones que recibió, cientos de ellas, ninguna concordaba con la caligrafía de aquella que aún conservaba con matasellos de Aalborg, Dinamarca.

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Mulholland Drive es una película de David Lynch protagonizada por Naomi Watts y Laura Elena Harring. Se estrenó en 2001. Ganó el premio al mejor director en el Festival de Cannes y una nominación al Oscar. Muchas páginas web de cine la incluyen en la lista de las diez mejores películas del siglo XXI. No está mal, pero dudo mucho que las grandes audiencias le diesen una nota tan alta. A menudo se dice que Mulholland Drive es una historia sin sentido, demasiado surrealista y difícil de seguir. Algunos, no sé si como halago o como crítica, la definen como un laberinto. De los laberintos pueden decirse muchas cosas, salvo que sean espontáneos. Me refiero, claro está, a que todo debe tener una arquitectura, aunque ni la intuición permita reconocerla. Promediado el metraje de la cinta las dos mujeres acuden de madrugada a un local llamado Club Silencio. Allí, sobre el escenario, un ilusionista no para de repetir la misma frase: No hay banda. El mensaje, que no es sino una advertencia, va dirigido tanto a los personajes como a nosotros, los espectadores, aunque no resulta fácil darse cuenta la primera vez, ni la segunda. Yo descubrí a qué se refería hace una semana. Lo supe mientras sacaba de la nevera una botella de agua fría para la playa. Digamos que fue una visión, aunque nunca antes había tenido ninguna, así que puede que me equivoque. Me vi saliendo de la cocina y yendo hacia el salón. No había nadie allí. Sin embargo sentí que no estaba solo. Sentí que alguien me vigilaba. Busqué con la mirada, temiendo encontrar lo que no quería ver y reprochándome entre dientes un miedo tan estúpido y pueril. Y lo encontré. En una esquina del techo, sobre la balda de libros, acechando. Araña hubiese sido lo primero que habría acudido a la mente de cualquiera, y la verdad es que era ésa la impresión que daba desde lejos. Pero yo ya lo estaba esperando y no conseguiría engañarme así como así. Se trataba del teléfono fijo, con su coraza de plástico negro a la que le habían crecido varillas de paraguas, moviéndose sibilino por la pared como el gato que presagia un perdigonazo. Sostenía una mirada provocadora, buscándome las cosquillas con guantes de vapor de seda. Entonces, sonó. Me inflamó una furia desconocida y me lancé a por él. Huyó a toda velocidad mientras lo perseguía por la casa, chillando con su timbre histérico, llevándose consigo una llamada que (convencido estaba de ello) iba a cambiarme la vida. Al final, acorralado en la azotea, no tuvo más remedio que arrojarse a la calle. Cuando me asomé desde el balcón lo único que vi fue la botella de agua reventada por un neumático. Seguía sonando. Esa tarde no fui a la playa. Me puse en el salón Mulholland Drive y asentí al televisor durante ciento cuarenta y seis minutos.

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Es la ventana del segundo piso de un edificio céntrico de Manhattan. Los cristales los limpiaron a conciencia este mediodía, como quien se limpia las gafas en el cine antes de que se apaguen las luces. Al otro lado hay una modelo que posa en sugerente ropa interior para una conocida revista de moda. Tiene veintidós años y los ojos de un absurdo color violeta, casi fucsia. Nadie se dará cuenta de este detalle. Le están haciendo fotografías en un decorado que simula una playa caribeña, con dos palmeras falsas a los lados y un enorme póster detrás que representa el océano durante la puesta de sol. Más tarde el ordenador se encargará de hacer que el collage resulte aceptable para un público que en su vida ha visto el Caribe. Cuando pasan dos horas desde el inicio de la sesión, la chica pide una pausa. Hace un buen rato que se sujeta los pechos con una expresión que no se decide entre el fastidio o la vergüenza. ¿Te pasa algo?, le pregunta el fotógrafo. No estoy segura, contesta ella; creo que tengo algo raro metido dentro del sujetador. Al oírla, la responsable de vestuario se acerca como una bala. Cubriéndola como puede con su cuerpecillo de farola la invita a cambiarse allí mismo. Entonces ambas se dan cuenta de lo que ocurre. De los pezones de la modelo sale arena. Granos de una arena dorada y brillante. A chorro, como dos surtidores. Cae al suelo y se extiende por toda la sala. ¿Te has operado las tetas?, suelta de sopetón la mujer. No quería sonar tan grosera. Quería decir algo mejor, más considerado. Algo que tranquilizase a la chica, que la consolase, pero no le salió nada. Ella no responde. Tampoco le sale nada. Sólo arena, arena sin parar. Y llora. Todo el equipo técnico y un directivo de la revista, los camareros del catering, cinco azafatas, un mensajero y la señora de la limpieza asisten sobrecogidos al irrepetible espectáculo. Ven cómo los senos prodigiosos entierran al resto del cuerpo lentamente, hasta que sólo queda la cabeza. Ahora no se puede mover. Así la ve, desde un bloque de viviendas que hay frente al estudio, un hombre de cincuenta y tres años que cortaba cebollas para preparar una ensalada. De pronto le viene a la memoria, no sabe por qué, el recuerdo de un viaje a Cancún que hizo con su esposa. También le viene a la memoria una preciosa puesta de sol.

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Diana es fetichista. Su fuente de fascinación proviene de los péndulos. Recuerda su primer orgasmo nítidamente. Tenía trece años. Estaba sola en casa afinando una partitura de Beethoven. Aburrida, fijó la vista en la aguja del metrónomo. Al principio creyó que era fiebre. Sintió mareos y un intenso vértigo, pero era incapaz apartar la mirada. Su madre la encontró tres horas más tarde sin conocimiento sobre el teclado del piano. Hoy va a realizar una de sus mayores fantasías. Posiblemente la más especial. Junto con otros peregrinos va a contemplar la sublime cadencia y perfecto compás del Botafumeiro bailando sobre su cabeza, repitiendo la trayectoria a que se mantiene fiel desde hace cinco siglos. Está preparada. Su Camino de Santiago ha sido el preliminar sexual más dilatado, exhaustivo y erógeno de toda la historia de la masturbación.

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Mi vecino se atrevió a confesarme una idea. Puso dos vasos sobre la mesa y los llenó de coñac. Dijo que lo sentía, pero no tenía otra cosa que ofrecerme. Sacó de un cajón una carpeta rebosante de papeles. La abrió y fue buscando durante un rato hasta dar con lo que parecía ser el plano de un edificio. Concretamente representaba una estructura rectangular de hormigón reforzado de sesenta metros de altura dividido en veinticuatro plantas de noventa y cinco metros cuadrados. No tenía puertas ni ventanas, ni escaleras interiores o exteriores, ni forma alguna de acceso. Eso sí: la superficie estaba plagada de pequeñas luces, como lunares brillantes, muchos y muy juntos. Una piel de luz. De existir haría un buen faro; podría verse a kilómetros de distancia. Dejó el cigarrillo en el borde de una concha de vieira, apuró el tragó y me miró a los ojos. Era como si esperase mi inevitable siguiente pregunta. Es un homenaje personal a El principito, de Saint-Exupéry, me explicó; ¿lo has leído? Hace mucho, cuando era niño, le dije. Pues deberías aprovechar el próximo rato libre que tengas y darle un repaso. Puedo prestarte uno si no lo tienes en casa; aquí tengo casi cien ejemplares del libro. No mentía: estaban detrás de su butaca en una cochambrosa estantería que podría pasar por un museo de la carcoma, todos ordenados según el color del lomo para formar un dibujo que recordaba a los cuadros de Van Gogh. Un collage literario hecho de pequeños príncipes. Siguió hablando. Consiste, para que me entiendas, en un almacén de deseos de máxima seguridad; un banco de fantasías, si quieres llamarlo así. ¿Y cómo es eso? Verás, ¿recuerdas que en un pasaje del cuento el principito le pide al aviador que le dibuje un cordero y termina dibujándole una caja? Sí, me acuerdo… Lo hizo porque el niño no paraba de ponerle pegas a cada boceto. Exacto, y al final opta por garabatear un cuadro y decirle que el cordero que quiere está en su interior; el cordero arquetípico, platónico, ideal, el único que podría satisfacer su deseo de ver un cordero. Ajá. ¿No me sigues? Creo que no. Es muy sencillo: voy a construir una cajonera gigante para que la gente la llene con sus ilusiones, con sus secretos; la levantaré en secreto (esto es importante: mantener el misterio) el centro de la ciudad para que todos puedan verla y dejar en ella parte de sí mismos, los niños, los mayores, incluso los animales, todos; los compartimentos serán herméticos al cien por cien, así que no habrá peligro de fugas y la realidad no se verá afectada, al tiempo que se garantizará la privacidad de los usuarios y sus donaciones; luego, a medida que esos compartimentos se vayan completando, bastará con ir añadiendo nuevos pisos para que la presión no colapse las paredes y se dé cabida a nuevos ingresos. Ajá, repetí sin pensar, intentando encontrar la combinación de palabras precisas que me sacara de allí lo más rápido posible. Sonreí, fui todo lo amable que pude; no fue suficiente. Quería que le diese mi opinión. ¿Qué te parece?, dijo. No está mal, pero creo que hay un problema. ¿Qué problema? Si nadie sabe para qué sirve la cajonera los compartimentos sólo se llenarán de dudas, de pensamientos espaciosos preguntándose para qué diablos sirve la cajonera. No abrió la boca ni hizo ademán. Continué. Además, dará igual los pisos que agregues: cuanto más grande sea el edificio más lo serán las dudas, y nunca habrá sitio para un solo deseo. Seguía sin hablar. Se limitó a señalarme la puerta. Hace poco me dijo otro vecino que se marchó a vivir a Estados Unidos. Antes de irse llenó todos los buzones del bloque de volúmenes maltratados de El principito.

domingo, 5 de junio de 2011

Océano ejército

Van de azul, todo de azul. El viento bate los mantos de hilo, bruscamente añiles. Cosidas a la moharra de la pica (cuyo aguijón es romo) las oriflamas saborean las nubes con serpentinas lenguas de cobalto. Los pájaros sobrevuelan las líneas cerradas durante días antes de dejarse caer, vencidos por el esfuerzo de la cruel distancia: el involuntario oleaje de sus aturquesadas cimeras no se distingue del auténtico mar. Y, como el agua, perduran: constantes. Puede que sea el suelo el que se mueve bajo sus pies, el que los avanza y los retrocede, el que los posiciona en la coordenada precisa y consiente su peso. Si caminasen realmente, si diesen, al mismo tiempo, un solo paso, la vibración provocada por el monstruoso desplazamiento resquebrajaría la superficie y el abismo se ahondaría hasta despedazar el corazón de la tierra. Basta el hosco ronquido de los tambores, viejos como los brazos que los redoblan, viejos como la guerra que va destensando sus pellejos, para recrear la siniestra ilusión de la marcha innecesaria. El enemigo nunca está demasiado lejos; las persecuciones son ejercicios inútiles. Su estrategia es la del aire contra la roca. Su disciplina, la regalada certeza de ser invencibles, inexorables. Las legiones de César pelearon con arrojo para luego perderse en una jaula de hombres infinitos, donde también se extraviaron y olvidaron su época y su lealtad enloquecidas hordas del rey Jerjes, maltrechas falanges macedonias en busca del Nilo, jinetes arqueros de la eterna China, primitivas tribus de secretos archipiélagos, honderos celtas y veteranos cartagineses que, desprovistos de armas y de dioses, imploraron la piedad del degüello. En remotas secciones cuya denominación sus propios comandantes ignoran, aún perseveran náufragos soldados en batallas espectrales, abandonados entre rostros que declinan una sucesiva indiferencia. No luchan; no se defienden. La Infantería es un instrumento afinado, perfectamente armónico. El sistema por el que se rige es eficaz, automático. Las heridas abiertas en la formación son restañadas con rapidez. Por cada puesto hay un número inagotable de suplentes: cuando un guerrero cae, otro viene a ocupar su lugar, respetando y conservando la ilimitada simetría. La velocidad de la muerte nunca alcanza la frecuencia del reemplazo, de suerte que la marea humana fluye extensiva, como una necrópolis infecciosa, fúngica, atrayendo y arrastrando cadáveres, devorando siglos, civilizaciones, burlando la geografía y la temperatura, hasta rellenar los huecos. Hasta completar el mundo. El hombre no ha comprendido aún que la paz es insensata; que es, en cualquier caso, un trastorno puntual de la Historia. La vastedad del frente zarco, sus providenciales dimensiones, la niegan. En su victoria total, en su triunfo incontestable, esférico, próximo, habita la única esperanza. Ser uno más y nada más. Encajar, al fin, para siempre. Ojos azules, horizonte azul. Milimétricamente felices.