jueves, 28 de octubre de 2010

Las Puertas de Cronos

Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza
(Jorge Luis Borges, La Biblioteca de Babel)


A las Puertas de Cronos uno llega siempre por casualidad. No hay inteligencia capaz de prefigurar qué circunstancias han de concurrir para que la senda que muere en el rico artesonado de ambas hojas de ébano rojo se presente, visible, transitable: dispuesta a desvelar sus secretos. Cuanto pueda haber en el mundo que a ellas dirija está, inevitablemente y por entero, sometido al más genuino albur. Empero, al franquear el umbral, nada cabe concebir que no se adecue a un patrón prefijado, minucioso y preciso, ideado antes ya de la invención del Tiempo. Es allí donde reside el referente que sostiene la validez de toda lógica –que es la Lógica–, permitiendo que el mundo se deleite en infantiles frivolidades (que otros llaman errores) sin correr el riesgo de que la realidad sucumba al Caos.

El universo frenético que alberga esta conciencia latente tiene la forma de un pasillo interminable, interpolado de puertas a derecha e izquierda. Todas esas puertas son iguales: dos metros de alto por ochenta centímetros de ancho, completamente lisas y pintadas en un desconcertante tono verde; guardan entre sí la misma distancia de separación. En la pared neutra, sobre el dintel, puede leerse un guarismo que las identifica, aunque nadie ha podido aún concretar a qué orden se aviene su perversa aleatoriedad. Carecen de pomo o manija, ya que basta empujar con la suficiente determinación para cruzar al otro lado, que son todos los lados y el mismo. La ciencia humana no alcanza más que a suponer un elegante fárrago metafísico para explicar el misterio que comienza a partir de esa decisión.

Antiguos veteranos crónicos –o cronitas, según la intención– blasfeman que incluso la razón suprema que allá habita precisa del solaz que proporciona la incuria de cuando en cuando, para no perderse en sus propios e irrefutables laberintos, y ello es causa de la terrible anarquía que llena sus espacios. Yo prefiero creer que la locura en forma de ciénaga que se extiende alrededor de la cámara más sagrada no es producto de los magníficos defectos de una mente magnífica. (Esto supondría aceptar que incluso la perfección está limitada por las emociones, y que todos nosotros, al fin, podríamos, en algún momento, tener la desgracia de ser considerados perfectos) Me consuela más la hipótesis –criticada ferozmente por muchos– que propone la incoherencia, la brutalidad, como el componente más sublime de un plan urdido para recibir la Verdad como recompensa a una innombrable ordalía. Por medio de esta catarsis el dolor intenso hace intensa la respuesta, que es una cifra.

La máquina que calcula este improbable número es infinita e incesante. Junto a ésta, otra que la dobla en tamaño traduce la compleja serie de operaciones a simples piezas de puzle, que un tercer ingenio se ocupa luego de ensamblar en todas sus combinaciones posibles. La imagen que conforma la unión de todas las piezas en su orden último es un ambiguo espejismo, al mismo tiempo absoluto e inconcluso. Cualquiera puede reconocer en él algún rasgo fijo, o quizás un conjunto de elementos que le son vagamente familiares. A partir de estos retazos se evoca una figuración de la totalidad homogénea de la composición, cuyo verdadero y único sentido es el Enigma por contener todos los enigmas. Dentro de la imagen está también la suma de las partes que la forman –su totalidad heterogénea–, no subordinadas al total sino libres y dotadas de esencia propia, cuyo objetivo es fijarse para siempre en un mismo y unívoco plano.

Aventura una teoría, quizás demasiado influenciada por la retórica de la teosofía, que si a alguien, alguna vez, le fuera dado contemplar la imagen hasta sus últimos márgenes moriría en el acto, pues habría mirado los mismísimos ojos de Dios. Otra creencia, y en ella me reafirmo con cierta necesidad de refugio, arguye que el mosaico infinito, una vez acabado su proceso eterno, no es más que un espejo. Esta sentencia, de cuyo silogismo ineluctable resulta una desilusionante tautología –el misterio es el que configura el misterio–, permite aspirar a una visión confortante. Según ésta, el hombre es dueño de su destino y, desde su trono omnímodo, justifica el Tiempo, conduce la Lógica, vence al Caos, aprende la Verdad, desentraña el Enigma y jamás se arredra ante dioses menores. Aún hay noches en que me sueño abriendo esas Puertas sólo para poder volver a cerrarlas.

viernes, 16 de julio de 2010

¡Mi imperio por una abeja!




Una mañana helada de febrero de 1807, en una ciudad llamada Eylau, muy cerca de ese pedacito de Rusia que hoy se conoce como Kaliningrado, tuvo lugar una de las mayores cargas de caballería que recuerda la Historia, sólo comparable a la que se enfrentaron las hordas persas de Darío Codomano en Gaugamela. Más de diez mil húsares, dragones, ulanos y coraceros franceses atacaron, en perfecta formación, un gigantesco erizo de bayonetas rusas, rompiendo las líneas enemigas y obligando a los granaderos del Regimiento Preobrazhenski a replegarse, dejando tras de sí campos expeditos para la implacable infantería, que los encontró abonados de soldados mutilados con el gesto aún incrédulo. Lo que nadie, o casi nadie sabe, es que el éxito de aquella cabalgada, que cambió para su comandante la suerte de la batalla cuando ya todos la creían perdida, no se debió a la pericia militar de un gran estratega, ni al valor de los jinetes, ni a la destreza y agilidad de sus monturas. Si a alguien puede atribuírsele el mérito de la victoria sobre los ejércitos del zar y del rey de Prusia, sólo es a una humilde y anónima abeja.

Como se sabrá, el peculiar Alejandro que encabezaba esta contienda, acaudillando con puño de hierro y savoir faire las brigadas del Gran Ejército, apenas llegaba al metro setenta y hablaba con un marcadísimo (y para muchos de sus súbditos, deplorable) acento corso. Empero, ensayaba a conciencia hasta el aspecto más nimio de su comportamiento para parecer, en todo momento, más francés que un puente sobre el Sena. No en vano, por otra parte, era quien era y ocupaba el cargo que ocupaba.

De sus muchas particularidades que, después de Waterloo, la posteridad se encargaría de resaltar, y aun exacerbar, hasta convertirlo en una ser de cuya existencia cualquier mente racional podía dudar, cabe destacar su pasión por las matemáticas –fidelidad que mantenía inmaculada (quizás, la única de toda su vida) desde los años en que sirvió como oficial de artillería. Los complejos principios y elaboradas fórmulas de esta ciencia merecían su aprecio, más que en cualquier otra aplicación existente o imaginable, en la precisa labor de las abejas en el panal. En la red de hexágonos idénticos en medida y de proporción constante que construían, creía intuir y entender la esencia de un orden supremo. De hecho, tal punto alcanzaba su fascinación por la apicultura que tres años antes de ese laureado invierno, en un 2 de diciembre, cuando los votos del Pueblo y el Senado de Francia le coronaron emperador, adoptó, junto con la orgullosa águila dorada, la discreta y hacendosa abeja melífera como parte de su emblema heráldico, luciéndolas (no sin cierto descaro) diseminadas en su regio manto de armiño.

Destino y voluntad, elementos indispensables para que los audaces vieran cumplida la máxima del magno macedonio, se dieron la mano, en un guiño a la casualidad, para marchar juntos, como aliados, y rematar, andando el tiempo, un triunfo que ha pervivido desde entonces como un insigne monumento en la memoria de las glorias del mundo.

A lomos de un alazano bávaro, el uniforme sucio, con la Legión de Honor bajo el sempiterno abrigo gris, el bicornio con la escarapela nueva y deslumbrante, menos fatua que los laureles, rodeado de los tafetanes y los fusiles de su Guardia, el amo de Europa observaba flemático el decurso de los combates a través del catalejo, inspirando pólvora y expirando humo, pero sin que se llegase a oír el disparo. A su lado, una docena de mariscales nerviosos cuchicheaban entre sí, sin atreverse a levantar demasiado la voz, preguntándose cuándo ordenaría el vencedor de Austerlitz y Jena entrar en escena a la caballería. Augereau y Saint-Hilaire se batían a la desesperada en un pantano de sangre, sin posibilidad de avanzar, mientras que las tropas de Davout y Ney, casi diezmadas, habían quedado demasiado lejos. Era necesario un golpe rápido y contundente que concediese algo más de tiempo a los refuerzos. Pero la única opción posible, un ataque contra el centro impenetrable de Benigssen, era a todas luces un suicidio, y el Estado Mayor de los galos estaba muy al tanto de ello. Atenazado entre una Escila germana y una Caribdis escita, el pequeño cabo se devanaba los sesos ante el inmenso tablero donde cada vez le quedaban menos piezas, indeciso ante un sinnúmero de jugadas, a cual más irrealizable. Y justo en ese momento, el azar le arrebató el rango sin quitarle las riendas.

El insecto revoloteó sobre la imperial cabeza, mostrando especial interés por la oreja derecha del soberano. Pese al estruendo insoportable de los cañones, su sentido, curtido en mil acciones, sabía bien ignorar ese ruido (música, de hecho) para concentrarse mejor en asuntos mucho más perentorios; por lo que, cuando el zumbido ondulante de la abeja rebotó en su pabellón auditivo, por inesperado, sucumbió al desconcierto. Reaccionando con la presteza propia de un militar bien entrenado, y obedeciendo, como cualquier otro mortal, a ese involuntario impulso de restaurar la serenidad y procurar le confort cuanto antes cuando un elemento extraño irrumpe en nuestro ámbito, levantó la mano y la agitó, tratando de espantar a la abeja que se marchó sin más, sabedora del deber cumplido y henchido de amor patrio el corazón –sin chovinismos de ningún tipo, pues no era francesa, pero sí bonapartista. Y, sin que nadie lo dijese ni Rubicón alguno lo confirmase, la suerte estaba echada.

Al frente de su escuadra personal, a treinta metros del ignorado suceso, el futuro rey Joaquín I de Nápoles, que por entonces sólo se contentaba con ser gran duque de Berg, almirante de Francia, mariscal de la Caballería y cuñado de Su Majestad: el intrépido Murat, Murat el leal jinete, Murat el imparable, el invicto, el siempre dispuesto a darlo todo, contemplaba, cardíaco y sin dar crédito, como el emperador, a menos que sus ojos le engañaran, estaba ordenando, al fin, el ataque contra los rusos. El brazo alzado, enhiesto, hendiendo el aire y desafiando al sol -oculto tras su propio manto de nubes- indicando con pulso firme el camino a la muerte, al honor y a la eternidad. Cierto que la corneta no había tocado aún a carga; pero si aquello no era suficiente para lanzarse contra el enemigo, ¿qué más hacía falta? Enfundado en su elegante uniforme de bordados interminables y charreteras de brillo estelar, el sable desnudo en la diestra y los dientes apretados, el aristócrata hijo de posaderos picó de espuelas a su yegua blanca y atravesó, seguido de sus hombres, las filas perplejas de los infantes, cuyos ojos parecían querer inquirir a gritos: ¿adónde van esos locos?

A medida que cruzaban frente una formación a caballo, como atraída por una irresistible fuerza magnética, ésta les seguía sin entender muy bien qué maniobra estaban ejecutando, pero ante tamaña resolución de su mariscal y compañero de armas, no cabía vacilación. Uno tras otro los casi once millares de soldados montados franceses, con sus enseñas, sus tambores y su ansia por galopar sobre cuerpos humillados bajo su potencia incontestable, al rugido unánime de Pour l’Empereur!, se abatieron como una feroz tormenta sobre una muralla de setenta mil hombres que, desde su posición ventajosa, se pensaban a salvo de cualquier envite del adversario. Pero Murat logró romper la resistencia de los coaligados y los expulsó hasta más allá de Lampasch, haciéndoles trece –¡vae supersticiosos!– mil muertos y persiguiéndolos hacia el interior del Imperio Ruso, aliviando la presión sobre Augereau y Saint-Hilaire, que recibían ahora el apoyo del inefable Soult, pleno de júbilo como no lo había estado desde la campaña austríaca, dos años antes. A las diez de la noche del 8 de febrero, después de catorce horas de batalla ininterrumpida, los ejércitos derrotados se retiraron y los franceses supervivientes, exultantes, lanzaron al cielo cascos y vítores a su señor.

Éste, sin dejar vislumbrar la menor muestra de alteración, continuaba tan atónito ante la victoria como lo había estado un momento antes al encararse con un desastre más que probable. Tragó saliva y sonrió, transmitiendo confianza al resto de su plana mayor, que se permitió suspirar de alivio y felicitarle por la nueva conquista, deseándole -como siempre- que no fuese la última. Asintió, sin demasiada fe en sí mismo, tratando aún de asimilar lo que acababa de ocurrir. Y, sobre todo, cómo diablos había llegado a ocurrir.

–Mi enhorabuena más entusiasta, Sire. ¡Vuestro genio ha echado por tierra el orgullo de rusos y prusianos! Que Dios nos conceda a ambos una larga vida; a vos para conocer más días como el de hoy, y a mí, para poder serviros con absoluta entrega y veneración en todos y cada uno de ellos.

–Gracias, mi leal Murat. Pero corred; id a celebrarlo con vuestros hombres, pues el éxito también os pertenece tanto como a mí–; contestó el emperador dándole un abrazo, azorado, sin ver la forma de quitárselo de encima antes de que le preguntase cómo había fraguado el plan del combate en su mente, cuando nadie pensaba que aún podían ganar.

Y se alejó, con una mano bajo la tela del chaleco blanco desabotonado –para guardar las apariencias– y la angustiante sensación de que el dios Ares, oteando el llano desde la olímpica altura, algún día, le pediría cuentas por aquel milagro.

En las paredes interiores del Arco del Triunfo, en París, están inscritos en grandes letras los nombres de las victorias de Napoleón I y de los 558 generales y mariscales que sirvieron a sus órdenes en el transcurso de veinte años de guerra que cambiaron la faz del viejo continente a principios del ochocientos. De vez en cuando, la repulsa de un turista hace justicia a la verdad histórica, estampando contra la piedra de un certero manotazo, antes de que le pique, una abeja que revolotea arrogante sobre el epigrama de Eylau.



El enjambre de abejas napoleónicas 
campando por la tricolor del Primer Imperio

sábado, 10 de julio de 2010

Cuarto

La mosca zumba alrededor de la luz, tropezándose con la bombilla en una graciosa borrachera aérea. La aguja del metrónomo marca el ritmo al que se deshielan los cubitos de la copa, haciendo subir el nivel del mar en el whisky. El rotulador azul ha tachado trece días del calendario de la telefónica, con cruces de San Andrés en cada fin de semana, sin dejar demasiado a la imaginación. La mancha de humedad de la pared muy cerca de la máscara africana, tallada en ébano y con incrustaciones de marfil, compitiendo sin ninguna confianza en sí misma. La pluma que sale de uno de los ojos, negra y curvada como la punta de una babucha, que acaricia la mano que ordena la colección de discos de la estantería. La torre de posavasos, donde no hay dos iguales, sobre buenos cimientos titulados por Truman Capote, Desayuno en Tiffany's, nombrada nueva Babel de los ecos aromáticos. La flor de tela que se pudre en el agua turbia, junto a un reloj de bolsillo oxidado, parado a la una menos diez, sin más esperanza que la de una mesiánica fotosíntesis redentora. El imán en la pata de un perro de peluche, colgado del mueble de forja como un mono, mira con ojos encendidos las aspas del ventilador, cansado del aire batido a punto de nieve. El interruptor, tan lejano, la puerta del Infierno, la pesadilla de Dante, milagro grotesco de la electricidad, contra la mantequilla a cuarenta y seis grados que se derrite en la calle. La hucha convaleciente tras su último aborto, reseca, con la cara de Popeye ausente y derrengada, envidiando en silencio al poso blancuzco del vaso de horchata. La traza fina de canela en el escritorio, preparado el surco para la siembra, protegido por murallas de naipes de un súbito temporal impredecible. El casco de la moto y el resto de la armadura, desnuda, deshojando la margarita de la próxima tarde de frío y velocidad. La espada en su funda, y sobre ella la borla dorada de cortina vieja, soga de horca a la moda, sin que ruede la bola a la valenciana. El hilo crudo del que pende la máquina de los boquetes, que viene de boca, dos mordiscos, sobre la piel del papel, vampiro de oficina, puesto a secar por capricho de un niño grande. La lista de verbos irregulares en inglés, una pinza que la sujeta, una cajita de cartón vacía tras ella, una edición encuadernada en cuero de El conde de Montecristo, algunos malos recuerdos, una feliz promesa, mucha tinta desperdiciada. El marco de un espejo con palabras en francés que refleja una cosita, qué cosita es, que no es un rostro, que no es nadie, porque es alguien que no se reconoce, que se asombra de la sombra en colores que se mueve cuando se mueve, que la toca, con dedos abrevados de malta, sin cogerla, sin rozarla, sin saberla, la deja ir, se deja ir, se va, desaparece, se acaba como las cosas que acaban, se termina, se apaga como la luz, se aleja, se va más lejos, se pierde en lo que era más allá, en lo que tiene al lado, lo que no se puede agarrar, se cae, va cayendo, sin suelo, sin límite, no hay referencia, no hay calor o frío, por este camino se llega al vacío, en el mes de julio, con el asfalto mullido a pezuña de toro, con el sol castigado de factor 40, en la arena, sobre la arena, en la orilla, con el humo del tabaco que cada vez se fuma menos, esperando al cupido de las neveras azules, esperando que recite el poema como se debe, en el teatro, en la punta más impaciente del termómetro, justo ahí, en la habitación, en la fuente del tecleo, organillo zangolotino, hambriento de premios, empachado de laureles espectrales pero alérgico a las rosas, a los pétalos de rosa, a las espinas de la rosa, tristecito, penosito, se complace en la soledad de los albatros, plegadas sus alas como persianas llenas de polvo y secretos, estudiando un escudo, primer cuartel en campo de gules un castillo de oro donjonado de tres torres y almenado de tres almenas mazonado en sable y aclarado en azur que es del Reino de Castilla, y el segundo cuartel, y el cuarto y el quinto, y entado en la punta, y la tele puesta, y la página abierta, y las baldosas ardiendo, y los pies descalzos y con estigmas congelados que saben a vainilla, otra flor aplastada entre las páginas de un diccionario donde no se encuentra la palabra que estás buscando ahora mismo, la que se pone al final, antes del punto, antes del invierno, que hace que todo lo demás, lo que va antes, sea lo que sea, en ese momento, tenga sentido.

jueves, 1 de julio de 2010

Donante

Por decisión unánime del jurado fue hallado culpable de todos los cargos y sentenciado a la pena capital, que se ejecutaría en seis semanas a partir de aquel mismo día, viernes, catorce de febrero, sin humor ni meteorología propicia para mostrarse irónico, así que decidió en el momento que no pensaba apelar, que estaba, si no conforme, ya demasiado cansado para seguir pleiteando y perdiendo el tiempo y la paciencia y los nervios. Se rendía, a fin de cuentas, no tanto anímicamente como también ante la evidencia de los hechos, de que aquella condena que le imponían no era ningún capricho. Su abogado, sin hacer mucho por convencerle para que cambiase de actitud y de parecer, asintió y desistió a la vez, bendiciendo la voluntad del hombre que le había tocado en suerte defender, sin imaginar que aún tendría que representarlo en un último e inesperado trámite. Dos días después de terminado el juicio le hizo llamar y se presentó en su celda, con la misma corbata que había llevado en las tres últimas sesiones, su amuleto, su manía, o tal vez su falta de interés en materia de moda o combinación de conjuntos, cualquier cosa podía ser y era en la cabeza del joven de tez rayada de sombras de barrotes, a quien los mínimos detalles se le hacían grandes y necesarios como enciclopedias de futuro comprimido. Quiero darle a otro mi corazón. Van a ahorcarme y he leído en una revista que es la muerte violenta que menos hace sufrir al corazón, y quiero que después de dejar este mundo pueda serle de ayuda a alguien. Lo decía una persona que había matado a cinco miembros de una familia con un cuchillo de cocina. Lo decía con la misma convicción con la que hubiera hablado un sacerdote, seguro del perdón como de la inminencia del final. Supondrá algún papeleo, desde luego, pero estás en tu derecho de hacerlo, claro. Pues hazlo, es lo único y lo último que quiero. No se habló más. No había mucho más que hablar, por otra parte. Si era inusual, extraño o increíble, así sería para todos, pero eso no cambiaba nada. Todavía seguía contratado y legalmente no podía negarse, máxime cuando no se trataba de nada que pudiera considerarse de algún modo reprobable y era tan particular, tan exótico el caso, que aunque en parte pudiera ser contemplado con cierta simpatía, incluso con un sutil velo de trágico romanticismo, le valdría sin duda alguna que otra burla o comentario salido de tono de los compañeros de profesión, o de la prensa cuando el asunto trascendiese, o de los familiares de las víctimas, cuando al leer la noticia se sintieran objeto de una sádica broma post mórtem de la que le culparían como instigador. Ese hombre fue capaz de hacer cosas horribles, cosas inmorales con tal de hacernos creer que un asesino es una persona normal, como cualquier otra, buena, piadosa, generosa incluso en las más críticas circunstancias... Le dirían, le gritarían, le acosarían de día y de noche con esas y otras palabras peores, pero era lo que tocaba y estaba harto de trabajar para nada, de discutir y de luchar contra el insomnio en una constante batalla perdida. Y ahora, tenía la oportunidad de llevar algo a término, dar carpetazo al fastidio y a otra cosa. Se presentó el médico de la prisión a dos semanas del ahorcamiento y le realizó las pruebas pertinentes para determinar en qué estado de salud se encontraba. Concluyó que con veintiséis años, no fumador, abstemio, en buena forma física y sin antecedentes familiares de enfermedades graves, aquel corazón era más que apto: una joya que se disputarían todos los cirujanos del país como el Vellocino de Oro. Se sintió satisfecho con el diagnóstico. Uno, si acaso el primero fiable de toda su vida, que podría decirle con exactitud de qué y cuándo iba a morir, sincero como la opinión de un carnicero después de la venta, sin compromiso, que le liberaba desde entonces, en aquellos últimos días, del insoportable peso del azar que llevaba asfixiándole como una losa sobre la espalda desde que nació. La sensación súbita de control que experimentó tras oír aquella voz desprovista de emoción alguna, puro instrumento mediador en el análisis, artificial y efectiva, reforzó su confianza en la decisión que había tomado. Se durmió feliz aquella noche y la siguiente, hasta que ya no le quedaron más. En el gimnasio de la prisión eran las ocho de la mañana y no había pájaros ni nubes ni bostezos. El patíbulo, del siglo pasado, era de madera clara de aspecto vencido, que conservaba aún cierto aroma evocador de amplias extensiones, demasiado amplias, que seguramente debían contener las puntillas mal clavadas con prisa minutos antes, reforzando ilusoriamente una estructura que no transmitía demasiada seguridad. La cuerda tenía un aspecto más nuevo. Daba cuatro vueltas al grueso travesaño y sostenía el cabo sobrante un oficial de policía asistido por otros dos agentes. También estaban arriba el cura y un ayudante del médico, que esperaba abajo junto con el alcaide, el abogado, el fiscal, algunos funcionarios y un representante de la familia que no hizo más que mirar al suelo. Lo trajeron encadenado, encerrado en un arnés de cuero tachonado que le daba una ligera impresión de mula enjaezada, lo que no resultaba para nada propicio había cuenta de la situación. Lo subieron con cuidado por los escalones para que no tropezara a causa de los grilletes de los tobillos y lo pusieron frente a la lágrima que formaba la corbata de la horca, a través de la cual miraba como esperando encontrarse de un momento a otro con su reflejo, con un eco visible de sí mismo que le diera las penúltimas instrucciones, pero no tuvo tiempo de gran cosa. Se leyó un pasaje, como indicaba la propia palabra, muy pasado, de las Escrituras y uno de los policías le cubrió la cabeza con la capucha negra y le ajustó el óvalo de cuerda al cuello, asintiendo al compañero que debía accionar la palanca. El chasquido de los engranajes previo a la apertura de la trampilla resultaba providencial para los testigos, pues daba la señal exacta para cerrar los ojos. Murió en el acto, por fractura vertebral, que en la jerga chusca de las prisiones se llama muerte del afinador a causa del sonido que produce la soga al tensarse, de cuerda de arpa pulsada por un dedo de coloso. Lo descolgaron, lo tumbaron en una camilla, certificaron el óbito y comenzó un frenético trasiego de personal médico que lo llevó en ambulancia al hospital, manteniendo el cadáver caliente para que el órgano a extirpar se mantuviese en perfecto estado. Los funcionarios, el alcaide, el fiscal y el abogado formalizaron toda la burocracia de turno y se despidieron muy cortésmente, felices de dar por acabado el episodio. Poco más tarde, fuera de servicio en un bar del centro de la ciudad, uno de los policías comentaba que le había parecido de lo más desconcertante la sonrisa del reo justo antes de desaparecer bajo la bolsa de tela, como si supiera algo que sólo él conocía y esa certeza bastase para mantenerlo calmado en un trance tan terrible como aquel.

Cuatro meses más tarde el mismo abogado había sido asignado de nuevo a un caso de asesinato. El acusado era una mujer de treinta y pocos años que ahogó a sus dos hijos en la bañera de casa. Juicio, pruebas, veredicto, sentencia, corbata y, de nuevo, ni la menor intención de apelar la pena máxima. Me rindo. A las seis semanas, la mujer había dejado de existir y la cama volvía a recibirle con los brazos abiertos tras meses de exilio en la más atroz vigilia. Fue requerido unos días después de la ejecución para recoger los efectos personales de la difunta, ya que ningún familiar los había reclamado. Entre algunas fotografías, un anillo y cartas de despedida sin remitente, encontró documentación relativa a una reciente intervención quirúrgica de importancia, un trasplante, y un carné de donante de órganos expedido mientras estaba en el corredor de la muerte. Quiero darle a otro mi corazón. Alegó incapacidad cuando volvió a recibir una llamada del juzgado.

domingo, 27 de junio de 2010

Oración final de los Arcángeles ('El jaez')

Una verdad por cada pluma.

Cierras los ojos cerrados y finges que no ves nada; y te callas, pensando que alguien puede ofenderse. No piensas que más allá de tus párpados, adentro, hay tal vez más gente que te escucha, y que te sigue viendo. Has colgado imágenes de tu cuerpo, como cuadros caros, por todas las galerías de tu pensamiento. Te has forzado a despreciarte por hartazgo; por obvio, te has vuelto invisible. Por creer que no vales nada, que nada puede valerte. Nada. Mejor que aún no hayas soñado que sueñas, para así no haber querido mover la mano y espantar el monstruo alado de tu pesadilla. Ojalá que no te duermas mientras caes al vacío…

¿Sabes una cosa del Imperio? Lo nombras y lo ensanchas. Lo guardas en tus labios, lo doras de saliva vuelta y vuelta, y crece dentro de ti, y te completa. No estás mascando una palabra como el pan, ni como las letras de la voz nostalgia, siempre en el filo. No estás caminando una tierra, ni mirando en la mena la escultura: no es mística ni ingrávida, porque no está en tu mano para que la pierdas. Es una idea, apenas; casi viento triste, exiliado de trompetas, que ya no mueve estandartes. El Imperio que tú tienes, que yo tengo y que nos tiene, que responde al grito de la lluvia en cada pozo, que se duele de la herida y el ungüento, está en el corazón, en lo más hondo, enquistado como un sueño de insensata juventud. Tierno ya, parado en una expiración eterna. No se hicieron para nosotros, los arcángeles, las grutas de miel del Imperio…

Y dime, hermano, si tú vuelas, y yo vuelo, ¿qué cielo nos estará vedado? Siento, acaso sin creerlo todavía, ese fluir delicado que golpea con batanes mis venas, que me besa sin delicadeza las sienes, y en su fulgor de estrellas innombrables me deja insatisfecho. Ese río, hermano, ¿no es cierto que llena el cielo? ¿No es verdad que nos cubrió en la placenta? Como tú, que he nacido, con muchos, de la misma madre y del imposible mismo padre, tengo alrededor de los dedos una densa ausencia de regusto amargo, de agrio acero. Al ascender y en el picado siento, en un rincón demasiado oscuro, una porción de arrogancia que no se borra, que con candor se aferra con uñas duras; siento, hermano, que en nada, más que mi piel, se complace Dios dibujando con sangre extraña. ¿Por qué –no me pregunto– puede albergar juntos el alma tanto orgullo y tanta, tanta, tantísima misericordia por las cosas que flotan?

No he sabido hacerlo bien. Más allá de correajes, de cosas simples y de razones profundas, nada amplía mi ámbito; nada me ata a este suelo, ni a ningún otro que fracture los huesos. Nada reconozco si no es mi sueño. Más allá del Imperio, no hay realidad que lamentar, ni hay nada perdido. El cielo puede serlo todo, y el pulso del cielo, y su sangre aliñada de polvo de cometas; pero al batir el espacio, igual que las gaviotas, se me llena el pecho de mar; se me abre la vida por el centro y doy a luz, sin pensarlo, nuevas esperanzas de humildad implacable. Quiero ser eso, pero yo no puedo. Ese jaez sobre mi cuello encaja, con elegancia de yugo, y me llama por mi verdadero nombre. ¡No ha nacido ni muerto el hombre que Le quite la brida de los puños bien cerrados!

Por cada pluma, una verdad.

Somos. Soy cada uno de vosotros, y todos los que están en ti, y los que no imaginarías nunca. Estoy delante de ti, de todos, en el mundo entero, aquí. Despliego las alas: rozo las claves de las bóvedas; amago el suspiro del universo. Siento, porque no siento, y nada me afecta ni me cambia, pues no soy permeable más que unas lágrimas: las Suyas. No sufro, porque sufro, y mi dolor no tiene carne para morderme. Solo, o en cascadas de soledad, en orgías de silencio o en bengalas de viejos candados, ante las bocas, asaeteado, sepultado de sextinas que repiten seis veces y desordenan seis miedos, permanezco quieto, como una vaina desechada, en pie siempre a Su lado. Tuve piel y hoy ya no tengo más que futuro.

Arcángel. Te ha descrito una pluma en cada pluma, tatuándote un verso de amor por una ciudad de oro, y una hermosa blasfemia reflejan los brillos de tu escudo. Has sido, Arcángel, paciente y generoso: has desviado el curso de cien arroyos, alimentado a mil pueblos, sanado los males de un enfermo mundo que no te dio las gracias ni te las dará. No estás, Arcángel, en la lista de los dones de la tierra, ni hay premio para ti. Te han reservado un asiento en el último acantilado y sólo esperan que cantes, que reines, que pintes de azul añil el caparazón de las tormentas, con una espada en la mano. Recuérdate, Arcángel, que haces lo que haces para que no lo hagan otros; ríete tú de los herreros, de los afónicos y de todos los estúpidos que coleccionan medallas.

La hierba que no pisas, reverdece. Eres un halo que incendia de valor todo lo que sangra, y una máscara que goza de ilusión en los que lloran. Tu jaez, ajustado, ceñido como una corona, cascabelea al paso de tu vuelo; chapoteará en lagunas rojas de deber cumplido. Porque eres el santo entre los Santos, y sagradas son hasta tus peores palabras; tus mejores actos. Empuñas con igual fiereza hierro y fusta, y gritas con el mismo grito honor o tierra; de la Fe has enseñado los dientes a las bestias, y sabe de tu fuego hasta el Infierno. Perfuma ya el laurel tu frente, el mercurio desgranado en riachuelos: el dibujo mismo de un árbol, de un castillo que sale de la arena, que a toda la patria del sol, en brazos, sostiene sobre el amanecer del Triunfo.

Y la verdad única, es ésta.

En la región más oscura,
en el laberinto de la incerteza,
mostró Su luz más pura.

Arcángel de Dios, nada temas.
Vas a vestir armadura.
Vas a morir en la guerra.

viernes, 25 de junio de 2010

La iguana

-No vamos a movernos de aquí.

El viento hace que el ala del panamá, muy pasada, le temblequee. El sol parpadea como un niño tonto, como si un ventilador grandísimo moviera las aspas debajo, provocando eclipses intermitentes. Hace calor; las piedras queman bajo la suela gruesa de las botas y se marcan con círculos rojos en el pie. Los dientes le suenan a uno dentro de la boca, por su cuenta, lo mismo que un árbol cayéndose de viejo. Dice Anguiano que no vamos a movernos de aquí.

-De aquí no se mueve nadie hasta que nos carguemos la iguana.

-Deja tranquila la iguana, que no le ha hecho nada a nadie.

-Cierra la boca, estúpido, que eres un estúpido.

-¿Alguien ha visto a Manuel?

Lo ha preguntado Sonia, la de Soria (está harta de siempre la misma gracia), con la boca abierta como un brocal, pero vacío. Ni saliva tiene; ni le importa lo más mínimo saber dónde está Manuel, que es su hermano, que no lo soporta de nunca. Lo que quiere sólo es que se calle Anguiano. No dice que le dan miedo las iguanas.

Por encima de ellos pasa volando un pájaro. De esos que distraen porque nadie se lo explica y ninguno sabe decir cómo se llaman. No se lo esperaban; una lámpara encendida en mitad de la noche más cerrada, una señal, pero vaya usted a saber a santo de qué. Y tal cómo vino, se fue. A Merche le recuerda eso a un sueño de cuando pequeña, a algo bonito de la infancia, de lo fácil, pero tampoco dice nada.

«Ahí va el conejo de la suerte, haciendo reverencias con su cara de inocencia. Tu besarás al chico o a la chica que te guste más». Ojalá nevase o lo que fuera. Ojalá.

-¿Alguien lo ha visto?

-¿Qué más dará? No haberse quedado atrás donde la fuente. Ahora, que se fastidie.

-¿Y la iguana?

-La iguana alguien la tendrá que matar.

-¿Y por qué no tiramos por otro lado?

Una vez, saliendo del colegio, Anguiano se tropezó con un señor mayor cargado de bolsas que lo hizo caer al suelo. Se dio con el bordillo de la calle en el costado y se quedó un momento, o un día entero, sin respiración. Los pulmones que no le daban. El señor mayor se le fue bastón en mano y se despachó a gusto con su espalda, chillándole: ¡estos jóvenes de hoy en día, estos jóvenes de hoy en día…! La lengua le sabía amarga. Amarguísima.

La piel del viejo arrugada, como escamas duras, brillante. El cuerpo sin huesos; con resortes, con engranajes y poleas. Espíritu de girasol, decía, espíritu de girasol. No lo había comprendido hasta ese mismo día.

-Anda, no seas cabezón y vamos por otro sitio.

-Tú quieres ver cómo te parto la boca, ¿verdad?

-Oye, ya está bien.

-No está bien. ¿Qué no veis que la iguana no nos va a dejar tranquilos, coño?

-¿Alguien ha visto a Manuel?

«Juntando el agua de todas las cantimploras se podría formar un charquito. Los oasis que dice la gente que hay andando por el desierto los tiene que poner alguien ahí. Igual son los mismos, que se cansan del camino y se montan un hotelito con piscina. Luego, como no se lo pueden llevar, lo dejan para los que vengan detrás. No sé si se morirán antes de llegar a donde otros se cansaron menos tarde que ellos». La Merche, por lo general, prefiere pasarse el rato pensando en otra cosa.

Casi que le gustaría que estuvieran las monjas aquí, en el paso, a ver si era capaz de ignorarlas también. Se mete las manos tras las asas de la mochila, quedándose como si fuera un espantapájaros manco. De repente, levanta la vista echando muy atrás la cabeza, muy rápido, pero ya no queda nada más que las nubes flacas. Cierra los ojos.

Esa gotita salada que le cuelga a Pedro por la oreja…

-A dos y medio.

-¿A dos y medio, qué?

-Que a dos metros y medio está la iguana.

-Pues felicidades.

-Ni se habrá enterado de que estamos aquí, borde, más que borde.

-Me da lo mismo. Te digo yo que aquí la espicha y eso es lo que hay. ¿Estamos?

-Jawohl, mein herr.

-Tú sigue… Tú sigue…

Un salteado de cebolleta y Lexatin. Un riojita. El plástico rosa del teléfono, frito por donde el cable está pelado. La voz que suena a través del auricular, alejada del ruido por el que no para de disculparse, justita, con un punto de floritura sin afectación y algún que otro gorgorito al final de las frases largas. Como el ¡ah! de después del trago de tequila, pero más elegante, menos emotivo. La voz del padre. El libro de senderismo en las manos y la lámpara encendida. No importa que sea de día. Lo está viendo en este mismo momento. Lo ve a través del hilo enrollado que se chamusca un poco más a cada palabra; que se ennegrece con cada reproche. Y un regusto ácido, de sueño ácido, de letargo y fritanga, al oír lo que ya sabía.

«Las cosas que se aprenden en el ejército ya no se te olvidan. Porque son importantes; porque sirven para algo. Yo, sin ir más lejos, no recuerdo nada de lo que me decía mi profesora de literatura, ni mi profesor de matemáticas, ni el de Historia. Pero me acuerdo de la noche que me tocó hacer mi primera imaginaria y me alejé demasiado del barracón. El sargento Burruecos me pegó un tiro en la pantorrilla por confundirme con un ladrón. Me dijo que merecido me lo tenía, que mi deber era quedarme en mi puesto. Me lo dijo allí y lo dijo otra vez en la enfermería. Luego mandó a los sanitarios que saliesen de la habitación y me dio un beso en la herida. Sentí sus labios contra la venda, pero el dolor que yo sabía que tenía que llegarme al cerebro se me quedó a la altura de la rodilla. Diez centímetros más y para casa. Menos mal, ¿eh, grandullón? El colegio no me sirvió para saber responder al sargento Burruecos, pero él me enseñó como nadie lo importantes que pueden llegar a ser las distancias».

Para venir aquí lo mejor es pensar en otra cosa. En lo que sea. Será por cosas que uno puede llegar a pensar sin tener que tocar la memoria…

-¡Pero mírala como no me quita ojo de encima, que parece que me está entendiendo y todo!

-Porque estás montando un escándalo.

Por las dunas sube y baja un hombre en bicicleta. Chirría. Chicharra. Cola de hierba y carbón. De hierba y carbón. De hierba y carbón... Siguen.

-Darme el palo ese, que esto lo termino yo ahora mismo.

-Pero, joder, ¡déjala ya en paz! Fíjate, ni se mueve el bicho.

-Estas hijas de puta engañan. A poco que te des la vuelta, ¡zasca!, la cabrona se te ha enganchado al tobillo y ni dios la suelta de ahí.

-Estás desvariando, Anguiano.

-Calla y dame el palo de una vez.

-¿Y si la espantamos en vez de matarla?

Una piedrecita. Dos piedrecitas. Tres piedrecitas. Por aquí tenía que haber un muro hace tiempo, fijo. Si no, esto no se explica. Cuatro piedrecitas. Seguro que así, seguro, que se iba el lagarto a otra parte y podíamos pasar, que ahora mismo parecer ser que no podemos. Con un mínimo de tino, cerca del tronco ese, plas. Y listo. Que seguro que será un bicho tela de valiente, pero seguro que un biendao así, seguro, que no lo aguanta y se va a tomar viento. Cinco piedrecitas. Vamos a practicar un poco…

Se le ha resaltado al lugar su perfil más de luna. Aquí ya sólo hace eco lo que no habla, y lo llena todo, colándose por cualquier hueco. Esto es como la cara oculta de una cosa que nadie mira, que no le preocupa a nadie. Sonia, la de Soria, le da por acordarse de lo del tío del burro, hace unas dos horas: «pero usté apure en llegando al cruce el olmo, que la revolviura le pone a uno en donde no quiere verse, que le empaña a uno las sienes con cosas más bien de cuento». ¿Está empezando a hacer un poco de frío?

«Hay una islita en Grecia (creo que es en Grecia) donde los barcos pasan y se vuelven con un pasajero de menos. Se lo comen, o creen los demás que lo comen, porque no lo encuentran por más que lo busquen, y porque luego se dan cuenta de que tienen pensamientos que no saben de dónde les vienen. Como robados». Pedro, colocándose bien la gorra, de la mano de Sonia, la de Soria, con las ganas puestas y apartándose las moscas de la cara. Cree que nadie le ha oído.

Ese nadie, por supuesto, es Anguiano.

-¿Y si le doy con una piedra para que se vaya?

-¿Tú estás tonto de la mente o qué te pasa? Si le das, te salta.

-¿Cómo va a saltarme la salamanquesa esa con las patillas que tiene?

-¡Que sueltes la puta piedra, cojones!

-Ya está. Suelta. ¿Ahora qué?

-Ahora vas a ver cómo funciona el mundo real.

En casa nunca se podía pasar corriendo por el aparador donde estaba el quinqué de las águilas que había sido de su abuelo, que se lo trajo al volver de un viaje a Córcega. Córcega era donde nació Napoleón, Napoleón Bonaparte, que siempre tenía la mano en la barriga y su abuelo lo admiraba desde que era un niño, que lo respetaba casi más que a su padre, a quien le quitaba las páginas del periódico todos los días para hacerse un sombrero de esos de dos picos, con el que salía luego al patio a mandar a los otros niños que jugaban a ser los conquistadores de Egipto. Cuando tiró el quinqué del aparador, su madre le obligó a rezar una novena por el alma del emperador de los franceses. No volvió a hablarle en toda su vida.

Se pasó toda su vida corriendo por el aparador y dando voces.

Hay puertas que las intentas abrir y en lugar de abrirse se estiran como acordeones, pero sin música, y te encierran en sitios de los que luego no se puede escapar. Yo, muchos años, quise salir de mi casa y ver qué otras cosas tenía el mundo, pero al final siempre me quedaba dentro, me quedaba corriendo y haciendo el tonto, sin acercarme mucho a la puerta y casi sin despegarme de las ventanas. ¿A alguien más le da grima cómo suena la lluvia contra los cristales? Sin aire en el cuerpo, con los pulmones vacíos, se oye como si fuera eco de iglesia. Rarezas que tengo yo…

-Se le ha reventado la cabeza.

-Igualito que aplastar una sandía de un pisotón.

-Y Manuel sin aparecer…

-Se acabó la jodida iguana.

-Sí.

-¿Por dónde?

-¿Eh?

-¿Por dónde era ahora?

-Ni idea.

Refresca, es verdad. Están las cosas un poco más apagadas que antes, pero les ha vuelto el ruido. Ya suenan. Se oye la sangre que chorrea de la iguana como si martillazos rabiosos fueran. Un charquito de sangre, enano, que para las moscas no tiene nada de espejismo. Y la toda la arena por delante, que parece un reloj sin dar la vuelta, donde el tiempo se ha quedado quieto a ver lo que pasa. Pero no pasa nada. Nunca pasa nada. Merche empieza a caminar por un barrunto que le da y los demás la siguen, hasta Anguiano, contentísimos de no estar ya parados, de no ser más como el tiempo.

En el pueblo siguiente les espera Manuel con ojos de acero macizo. El cuello anquilosado y las manos muy abiertas, apoyadas en el alféizar de la pensión. Ni un rastro de pelo.

-¿Se puede saber qué habéis estado haciendo?

-Un oasis.

(Inspirado en Pedro Páramo, de Juan Rulfo)

domingo, 13 de junio de 2010

Feliz cumpleaños

Se nos murió el abuelo la noche antes de Nochebuena, el 23, y hasta el lunes siguiente, el 27, no trabajaba la funeraria, así que tuvimos que improvisar una solución hasta entonces. El nieto mayor, mi hermano, sugirió de primera hora lo que terminamos haciendo, que fue subirlo al cuarto de invitados (que no estaba vacío) y dejarlo allí, destapado y con la ventana abierta, para que hiciera corriente y mantener el cuerpo en frío todo lo posible. El sobrino, que se marchó a los quince minutos de aquello, casi nos convence de meterlo en un arcón que teníamos en el sótano, con varias bolsas de hielo para conservarlo. Mamá no consintió porque decía que abajo en el sótano había ratas, y que no era ley dejar que le mordieran en los dedos de las manos y de los pies al hombre, que tenía derecho a que lo enterraran decentemente y sin el cuerpo roído. Además, en el arcón ese habríamos tenido que ponerlo encogido, porque el abuelo era muy alto y el largo del mueble no daba. Mamá dijo que ni hablar, que a su padre no lo iban a encajonar a la fuerza como quien mete mucha ropa en una maleta chica y luego intenta cerrarla sentándose encima, que eso era de gitanos y que en su casa a los difuntos se les guardaba un respeto y se les debía una consideración.

Así que lo subimos por la escalera entre mi padre, mi tío y yo, encima de una parihuela que apañamos con una sábana vieja. Lo subimos en poco tiempo aunque estuvo a punto de caérsenos dando el giro en el primer tramo, porque en ese momento apareció mi abuela (que mi madre, su hija, la estaba reteniendo con una tila en la cocina para ahorrarle la escena, pero se escapó igualmente) y se puso a chillar, diciendo que así había sido cuando se murió Franco y que no quería que su Antonio fuera igual, que ellos habían sufrido mucho cuando la guerra con los falangistas, que fusilaron a su primo Miguel, y que no iba a darles el gusto ahora, en el último momento, de darles la razón haciendo lo mismo como si eso fuese algo bueno. El susto fue tal que, ya digo, a pique estuvo de írsenos por el hueco, pero la cosa no pasó a mayores. Se llevaron entre mi madre y mi tía a la abuela al salón, a rastras, porque aunque yo no la veía, bien que se la podía oír berrear en toda la casa, que si su Antonio no hubiese permitido una cosa así en vida, que si su Antonio esto, que si su Antonio lo otro, el nombre de mi abuelo que salía por todas partes, y nosotros, en fin, que dejamos al susodicho sobre la cama, con las manos sobre el pecho, una vela en la mesita de noche (sin encender), tres señales de la cruz, tres amenes, una puerta cerrada y escaleras abajo sin hacer el más mínimo ruido.

Las mujeres habían empezado ya, por su parte, con los rezos y toda la parafernalia, mientras mi padre estaba que trinaba enganchado al teléfono, intentando contactar con alguna compañía que trabajase en esas fechas, pero naranjas de la China. Al colgar recuerdo que se agarró la cara con las dos manos, como si se la quisiera quitar, y se fue para mi madre negando con la cabeza, una sola vez, y no hizo falta ni una palabra más. Se fue mascando la rabia como si fuera cemento. Estoy bastante seguro de que luego, mirando por la ventana que daba al patio al perro metido la caseta, dijo: ya podía haberse muerto la semana pasada, el muy cabrón. Mi hermano, que lo oyó todavía mejor que yo y me vio la cara de cera total, me lo suavizó diciendo que estaba rajando de los de la agencia, que no querían venir, que eran unos cabrones, pero no colaba. No sé qué pretendía defendiendo así a nuestro padre, justificándolo de esa forma ante la memoria del recién muerto, que por otra parte no es que nos cayera demasiado bien a los dos. Supongo que le entró ese miedo extraño que tiene uno cuando alguien acaba de faltar, como cuando se echa de menos el colegio el primer día de trabajo y se olvida uno del coñazo que era. Supongo que era eso, o que estaba en realidad muy triste, no sé. Sé que mi padre, con esa filosofía que era normal en él, se lo tomó de la mejor forma posible, valorando la circunstancia con cabeza fría y sentido de la posibilidad. Y no cabe duda de que, en ese aspecto, había que darle toda la razón.

La abuela y sus dos hijas, más la vecina Angustias, que cuando más tarde se pasó a felicitar las fiestas se enteró de todo quiso quedarse a ayudar a preparar el duelo, sin que nadie pusiese mucho empeño en convencerla de que no, que no hacía falta, que se lo agradecían de corazón pero que era asunto de familia, subieron al cuarto de arriba con un traje negro que habían sacado del armario empotrado del salón, para vestir al abuelo y dejarlo más presentable. Cuando lo tuvieron a punto bajó mi tía a avisar y subimos los demás, apretujándonos en la habitación como buenamente pudimos. A los pies de la cama la viuda y las huérfanas, y la plañidera inesperada con una mano que no se caía del hombro de mi madre, que poco más y se lo saca a palmaditas. Me fijé en lo blanco que se había puesto ya el hombre. Era como si le hubieran untado la cara con polvos de talco para hacer juego con el color de las sábanas. Las manos no; ésas estaban, de moradas, azules. Y ahora que lo pienso es de recibo que me haya acordado de lo de los polvos, porque justo en ese momento, al poco de estar todos arriba, en mitad del avemaría, empezaron los estornudos. Primero mi hermano, que estaba más cerca de la ventana, y luego todos los demás: mi padre, mi tío Manuel, la tía Luisa, mi abuela, mi madre y la señora Angustias, que quiso hacerse la sueca pero todos vimos perfectamente cómo se limpiaba la nariz con las cuentas del rosario por no bajar a por el pañuelo. El frío que hacía era de castigo, todo hay que decirlo, pero el repertorio de miasmas sobre el fiambre enlutado de don Antonio Marmolejo, sahumado de vaho mocoso en vez de incienso, era un espectáculo digno del Berlanga más inspirado (y nunca mejor dicho). La última parte del salve de corrido la dijimos, que no estaba la noche para beatos. Bajamos. Luego la cena (que se quedó la vecina, que nos dimos cuenta tarde de que le gustaba más un velatorio que a un tonto un lápiz), un padrenuestro más por expreso deseo de doña Virtudes, la desconsolada esposa, buenas noches, dejar abierta la portezuela de la cocina para que el chucho no ladre, copazo de coñac para los hombres y a dormir, que mañana Dios dirá.

Si el sol salió el día 24 a las ocho y media de la mañana, antes de las nueve estaba otra vez mi padre llamando a los de la funeraria a ver qué iba a ser eso, que si estaban de cachondeo o qué pasaba, que si era normal que tuviese que quedarse con un cadáver en un cuarto porque no les daba la gana recoger muertos en Nochebuena, que si es que resultaba ahora que la gente tenía que tener cuidado de no morirse cuando les viniese mal a ellos, que si tan a pecho se tomaban eso de que era tiempo de paz y amor, se podían tomar igualmente muy en serio su sugerencia de que se fueran a tomar mucho por el culo. Suerte que mi madre no estaba entonces en casa para escucharle, porque si llega a sentir esa nada sutil referencia a los humanos asientos buena la hubiésemos tenido entonces, con una bronca de abuelo y muy señor mío de estrellita para el belén. Pero no; también se habían levantado temprano para ir a misa con mi abuela y mi tía y avisar al cura, por aquello de que no sabían qué había que hacer con el tema de la extremaunción y demás si se había muerto de repente, sin avisar. Que no tenían claro, le dijeron al pobre hombre, si es que era mejor dársela corriendo ahora que acababa de estirar la pata, no fuese que el alma se le escapara al cielo sin absolución. Volvieron a las once y media, ojerosas y con la cara hasta el suelo: que no iba a venir el cura hasta pasado mañana, que tenía mucho lío con la Misa del Gallo y no podía alejarse de la iglesia. Pues igual que los de la funeraria: unos cabrones todos, dijo mi padre. Milagrosamente, el temporal pasó de largo sin descargar ni una gota.

En completo silencio se empezó a preparar la comida, que se sirvió tarde, casi a las cuatro. Los demás parientes habían llegado en torno a las dos: mi otra tía y mis dos primos chicos y su padre. Ya sabían de la noticia, claro, así que todo se quedó en un abrazo largo, un café después del postre y poco más, que tenían que ir a ver a la familia del marido, que cenaban con ellos. Ni se puso la tele cuando se quitó la mesa y los que fumaban se echaban un pitillo. Ni una palabra ni media; nada. Ni siquiera cuando volvió a la tarde la vecina a sentarse al lado de mi abuela (le había tocado ahora a ella aguantar lo de la manita, pam pam pam) se abrió la boca para un hola ni después, cuando la cena, para un adiós. Se había traído de Huelva el cuñado apresurado de mi madre una caja de langostinos y una lata grande de melva de Isla Cristina, que con un bandejita de nada de cordero fue todo lo que nos metimos en el cuerpo esa noche, que parecía aquello una competición de a ver quién comía menos. Aunque, por otra parte, siendo honestos a algunos el premio estaba claro que no les llamaba en absoluto. Algún madre de Dios se dejó caer como el que no quería la cosa, y eso fue todo.

A las diez y veinte el personal ya no tenía ánimo para más fiestas, y como no había en la casa niños pequeños para ir a dar una vuelta al centro a ver las luces puestas, por unanimidad se decidió que muy feliz navidad a todos y a la cama, que ya han salido los Lunnis. Me fui a por un vaso de agua a la cocina antes de acostarme. De todas formas tenía que esperar un rato a que se fuera todo el mundo porque yo dormía en el salón al estar ocupada la cama del cuarto de arriba, y no podía abrir el sofá hasta que no se recogiese y se quitasen las sillas de en medio. Pasó también mi tío a coger unas aspirinas y se despidió de mí con dos besos, como si se fuera a la guerra. Me cogió de sorpresa y no supe reaccionar, con lo bien que estaba yo, distraído, mirando el cielo negro por la rendija de la portezuela abierta. Me vino a la cabeza la conversación del día anterior con mi hermano y lo que pensé sobre lo que pasa uno cuando alguien se muere, que se quedan las cosas como flotando un buen rato, sin que nadie se atreva a ponerlas otra vez en el suelo, aun a sabiendas de que, si no, se van a caer tarde o temprano. Pero ahí te paras, a verlas como si fuesen la Mona Lisa, sin que lo demás te importe mucho. No tenía ni idea de cómo lo estaría pasando mi tío pero no me podía imaginar que se estuviera derrumbando por dentro, sobre todo por cuanto mi abuelo no era sino su suegro, y por muy bien que se llevasen (que se llevaban, que mi abuelo era así) era, no raro: rarísimo que pudiera tener tanta pena. Hasta mañana, sobrino. Hasta mañana.

Que había que verlo. Que había que subir a darle las buenas noches y felicitarle, que era su cumpleaños. Eso, o más o menos, me dijo mi madre cuando nos despertó a mi hermano y a mí de madrugada (las dos eran), a requerimiento perentorio de mi abuela. Todavía en el séptimo sueño y con los ojos medio cerrados, me enteré de que el santísimo difunto hijo de mi santísimo difunto bisabuelo había tenido la bendita ocurrencia de nacer el mismo día que el niño Jesús, y que por unas historias o por otras se nos había pasado a todos. Sólo mi abuela, la santísima viuda, había caído en ello y tocó diana a base de chillidos, así que no quedaba otra. En procesión, con mi padre de cruz de guía, fuimos yendo al cuarto de invitados, dispuestos, algunos, a desearle lo mejor en su postrero aniversario, y los demás, sólo deseando terminar cuanto antes para volver al nórdico, que el frío casi se podía oler a diez metros de aquella puerta. También se podía oír a mi padre, aunque optamos por tomarlo como una original letanía, cagándose en los muertos de los ángeles de la guardia de mi abuelo, y en los de la funeraria, y en los del cura, para que nadie se quedase sin su legítima bendición. Amén. Y pasamos dentro, mirando al suelo como esperando una reprimenda.

El primer grito ya ni sé de quién fue. No sé si fue mi madre o mi tía o mi abuela, o las tres a la vez o mi hermano, gritando con voz de mujer, que para lo que era tampoco hubiese podido extrañarse nadie ni echárselo en cara. El caso es que los gritos se tropezaban y se confundían en un villancico histérico. Y aquello que lo provocaba todo era Toby (de Tobías, no se crean) subido encima de la cama, con sus setenta y tantos kilos de mastín del Pirineo sodomizando la pierna derecha de mi abuelo, con tanto ahínco en el desfogue que el cabecero de imitación de caoba, de tantos y tan fuertes porrazos que le pegaba a la pared, acabó por descolgar el crucifijo de alpaca, que aterrizó en la frente del muerto, faltando el canto de un duro para sacarle un ojo. Quién sabe si por el susto, o porque ya había culminado, el perrazo, más orgulloso que un niño con buenas notas, saltó con elegancia del colchón y bajó las escaleras casi sin tocar el suelo, en una nube. Lo escuchamos estornudar por la ventana abierta, y sonaba agradecido. Mi tío, colocado de antihistamínicos, fue el único que acertó a decir algo. Hasta mañana, don Antonio. Y feliz cumpleaños.