viernes, 13 de abril de 2012

El guante

Escribo estas páginas y siento que es él quien golpea las teclas, quien dicta y quien deliberadamente omite ciertos párrafos. Ojalá su influjo no alcance también la lectura. Ojalá sepas discernir mi delirio en su delirio.

Salí de clase aquella mañana –aún no serían las once; las nubes apenas permitían la vaga impresión de las nueve– y encontré el guante tirado al pie del seto amarillo que flanqueaba el costado de la facultad. Estaba allí, evidente hasta la arrogancia, severo, con gesto inequívoco, casi reprochándome la impuntualidad. Lo miré sin ilusión, como quien mira a un fantasma ya conocido. (No imaginaba entonces lo poco que tardaría en serlo.) Era menudo, de una reluciente y deplorable imitación de cuero negro, con una mancha cobriza sobre el botón de cierre, todo él moteado de implacable rocío; la mano que alguna vez lo animó, que se cansó de él, había sido una zurda. Me fijé mejor y vi cómo el hilo de una costura suelta se urdía en una breve espiral; lo mismo intentaban varios de mis cabellos, muertos sobre el abrigo. 

Dudé antes de recogerlo. Me fue inevitable pensar –me dije, tal vez para mitigar el sonrojo, que también lo hubiera sido para cualquiera– en la solemne e impúdica liturgia del duelo; pensé en la ofensa, como un diente de león incandescente, oscilando con terquedad sobre las escaleras de la ópera vetusta, entre las lámparas de un concurrido restaurante, irrumpiendo en el salón de fumadores de un hipódromo; pensé en palabras, rectas como el acero que prometían, irrecuperables; pensé en una noche propicia, que era todo el siglo XIX; pensé en las seguras ruedas de un coche, en la infinita niebla, en capotes cayendo de hombros maduros para el ancho del ataúd; pensé en Goethe –yo estaba en la Turingia–, en Stendhal, en Dumas; pensé en pájaros oscuros revelando el esqueleto de un árbol al amanecer. Pensé en el guante, como imperfecto resumen de un capricho infantil, y temí que al llevármelo, siquiera al moverlo con el pie, de algún modo activara el invisible resorte que me comprometiera en una trama ajena y remota, haciéndome acreedor de un violento desenlace.

Luego, más prosaico, temí que el tiempo de su abandono lo hubiera convertido en saco de orugas. 

Miré a uno y otro lado. Esperaba encontrar a alguien revisando el parterre, comprobando el seto en busca de la prenda perdida, pero –debo confesarlo– me sedujo la siniestra esperanza de descubrir, en la soledad de la esquina cercana, sombríamente épica, la silueta de mi enigmático contrincante, larvando en silencio un odio antiguo, anónimo y secretamente justificado. No vi a nadie, pero aún me resistí; fue inútil. Cogí el guante, casi sin tocarlo, y lo guardé en la delatora cartera (la decoraban, en mayúsculas políglotas, las letras de la palabra ERASMUS).
En ningún momento sentí que lo estuviese robando. Esta convicción hizo posible que durante unos días me olvidara por completo de él. 
En Ilmenau yo solía almorzar poco antes del mediodía en un comedor para estudiantes de la calle Max Planck. Con el café, desordenaba sobre la mesa los apuntes para la lección de la tarde, como un torpe tahúr que hubiese derribado un castillo de cartas. Iba repasando mentalmente en alemán –que con alguna pedantería prefería llamar tudesco– las frases aprendidas la semana anterior: Woher kommen Sie? Ich komme aus Spanien. La repetición mecánica me distraía de la lluvia terca (en Málaga, recordé, los domingos pronto serían patrimonio de las playas). Así reapareció el guante un día de mayo, como si hubiese florecido entre las fotocopias, y me fastidió tener que recibirlo con genuina sorpresa. Me asaltó un remordimiento ilegítimo, anacrónico. De nuevo dudé en acercar la mano, pero esta vez me movía una incómoda curiosidad, acaso una sospecha. Lo sostuve frente a mí y, por unos instantes, los justos para no despertar recelo en el vecino de asiento (nadie en su sano juicio se extasía con semejante cosa), lo examiné a la luz de los fluorescentes. No sabía entonces ni sé ahora lo que esperaba ver en el guante, pero por un segundo, tal vez porque yo no estaba lejos del cristal empañado de la ventana, lo juzgué espejo. Lo acepté sin aberración ni sonrisa, casi sin esfuerzo.
Consideré que no me lo había probado, que ni siquiera había pensado hacerlo, desde que lo recogí. Me quedaba ridículo de tan pequeño; al sacar los dedos vi que los tenía morados y suspiré. Con el tiempo, pude entender que su talla menor era uno de sus muchos ardides: si me hubiera entrado, yo habría consumido su misterio al convertirlo en mera ropa; inservible, desprendido de su condición de objeto, no era difícil que mi fantasía lo elevara a la categoría de talismán, consintiéndole sus malévolas maquinaciones. 
Puse los cubiertos sobre el plato vacío y llevé la bandeja a la cinta móvil. La vi alejarse lentamente, reprimiendo el impulso de despedirla con el guante en la mano.
Esa tarde –la primera de muchas– no fui a clase. 
Me encerré en mi cuarto y durante una hora creo que no me moví. Al cabo, me consagré a la tarea ineludible de figurarme al dueño del guante. Lo evoqué sureño, como yo (los alemanes no usaban guantes en primavera), dentro de una trenca color azafrán, atareado, negligente. Lo vi más tarde confuso, con moderada pena, lamentado el descuido. Compuse rostros, miradas, cabelleras, dientes; detallé todo un catálogo de manos ateridas, de uñas grises. No pude suponerlo mujer. Comprendí que mi propósito era absurdo. Las posibilidades se multiplicaban, se seguirían multiplicando más allá de mi imaginación. Por otra parte, ya no estaba dispuesto a devolverlo.
Cuando reparé en el reloj comprobé, con menos horror que vergüenza, que había gastado el día con el tonto juego. La habitación parecía una cueva –símil poco inocente– y yo no había advertido el progreso de la oscuridad, que sin duda fue veloz. 
Me tumbé en la cama y dormí. Los sueños de aquella noche, todavía pacíficos, son ya reliquias que el óxido de la memoria apenas deja descifrar.
Desperté sin inquietud y palpé la mesilla en busca de las gafas. Antes que con cualquier otra cosa –había llaves, libros, monedas, bolígrafos– di con el guante. La intromisión me resultó graciosa y tímidamente reí, recordando la tarde anterior. La imagen sencilla del guante me atrapó con amabilidad y, como aún faltaban unas horas para la primera clase del día, me entretuve dibujando su contorno en una hoja en blanco. Debí tardar poco menos de un minuto; el calcado no requiere más tiempo. Al acabar, la caricatura de aquella caricatura de mano logró satisfacerme; a mí, que siempre había renegado de las artes plásticas, que ni siquiera envidiaba el talento de los demás. Una emoción me atacó el pecho: era el orgullo. Firmé en una esquina de la hoja y colgué en la pared el retrato del guante. Lo contemplé sentado en la cama deshecha. Descubrí, con pánico, que no había sido feliz hasta ese momento. 
En el aula –yo me había quedado dentro durante un descanso, o era incapaz de levantarme de la silla, ya no lo recuerdo– percibí con claridad el mecanismo minucioso, nada complejo, de la obsesión. Me fue deparado diáfano, sin acertijos: candoroso. Lo percibí, no como paredes que se cernían, sino como paredes que largamente se desvanecen, sin dejar ver nunca lo que del otro lado se intuye. Yo ya sabía que el guante ocupaba ese espacio especular, llenándolo como el argón, y también que, sin desinflarse, se extendía hacia lo concreto; yo deseaba que lo hiciera. Ese deseo –reconocerlo es justo– no fue indiferente al amor.
Pasaron semanas y mi adicción al guante era procaz. No podía salir del cuarto sin llevarlo encima, en la cartera o en el bolsillo; poco después no me bastó: necesitaba sentirlo cerca, entre los dedos, siempre sobre la piel, donde no tenía que pensarlo y podía aplazar el temor a perderlo. Me divirtió inventar presuntuosas razones para explicarme lo inexplicable; terminé confirmando que el ejercicio era miserablemente perentorio. Decía: tal vez el guante es un engranaje providencial del universo, y yo debo custodiarlo como el sumo sacerdote custodiaba el verdadero nombre de Dios (Shem Shemaforash) y cada una de sus 216 letras. Decía: tal vez el guante es la materialización precisa de un arquetipo, y mi conciencia ya no puede alejarse de él; o bien, decía: tal vez el guante es un zahir.  
En julio llegué a la conclusión de que el guante era un azar grotesco, que no era nada, pero que la inercia de mi ansiedad lo requería –acaso lo imploraba– pleno de un significado poderoso y terrible.
Me preparé a borrarlo, pero entonces el guante se reveló. 
Por el minúsculo dormitorio se dedicó a acecharme, escondiéndose bajo los edredones, apareciendo en cada cajón, en cada estante, en la despensa, dentro del frigorífico; emergía por arte de magia de los bolsillos llenos, del cesto de la ropa sucia, de la vuelta de las cortinas. Una vez, alegre por no habérmelo cruzado en todo el día, me animé a salir a la calle; lo encontré enfundando el picaporte de la puerta, como si saludara con sorna. Este guante –razoné– ciertamente no es ubicuo; su naturaleza es mucho más perversa, mucho más repulsivo es su proceder: horada la realidad en túneles secretos para atajar a los hombres, para atraparme en una jaula recóndita y prodigarme falsas llaves.
En una ocasión, lo juro, pude sorprenderlo acariciándome la frente.
La voluntad de mi pesadilla siempre daba con la forma para frustrar mi esfuerzo por ignorarla. Dos o tres veces el guante se me cayó o lo dejé caer; alguien no dejaba nunca de advertirlo y con presteza me lo devolvía. Me tentó la posibilidad de destrozarlo con unas tijeras. Ahora digo que no me atreví a hacerlo por miedo a que su negra sangre me salpicase la cara.
Una nota fechada que la limpiadora deslizó bajo la puerta me instaló en agosto. Pensé que mi reacción no hubiera sido distinta si en el papel hubiera leído febrero. Todo se había reducido al guante. Llegué a pensar que ambos, él y yo, éramos la cifra y el compendio exacto (y suficiente) del mundo, que lo demás eran apariencias o reverberaciones de apariencias predichas. El guante, invocando una oscura y nefanda autoridad, anulaba el pasado y el futuro, licuaba el presente y lo almacenaba en aljibes prohibidos, lo corrompía y luego administraba mi sed. Su dedicación era absoluta. Se complacía en inundarme el sueño de imágenes excesivas, de insoportable claridad, de degenerada coherencia, que me asfixiaban. Trataba de mantenerme despierto practicando el idioma que, a ráfagas, en las fugaces treguas, me parecía oír a mi alrededor: Wie heißt du? Ich bin Álvaro Martí. No sirvió.
Tuve la certeza de que no me había equivocado con mi primer barrunto. El guante, así era, formaba parte de la elaborada parafernalia de un duelo, de un reto cíclico cuyo origen era el Origen. El tiempo me desafiaba a cambiarme con él, a ser él, para que las cosas siguieran siendo. Y lo consiguió.
Pero no se contentó con la victoria, o tal vez yo me resistí demasiado.
Fui castigado sin miramientos, preso a pan y aire. El guante me arrebataba el horizonte, usurpando toda posibilidad de paisaje, sin sustitución. Se superponía a los sentidos, negando la menor experiencia, cualquier placer, todo dolor. Al margen de sus espejismos, me visitaron alucinaciones leales. En unas, yo veía la pradera bajo la ventana, alfombrada de tela negra y brillante. Había nevado toda la noche. En otras, el guante se dilataba interminablemente, cubriendo la ciudad, la región, el país, el continente entero. Antes del desmayo aún llegaba a ver cómo sostenía el planeta sobre la palma cóncava, cómo empezaba a cerrar el puño.
A principios de septiembre conocí un instante de fortaleza. Supe que la oportunidad era única y que debía elegir rápido entre la locura o la cobardía. No lo dudé.
Tomé el tren a Erfurt. Caminé unas horas con los ojos pegados al suelo, como barriendo mis huellas, hasta que di con un solar en obras. Pensé que la denostada lluvia rubricaría un final más digno, pero ese día no quiso llover. Me aseguré de que nadie miraba y arrojé el guante sobre la arena del mortero. Tan pronto como me alejé, me arrepentí de no haberlo enterrado. El trayecto de vuelta se prolongaba menos de una hora; pareció ser eterno. No suspiré –no lo merecía– hasta que pasamos el apeadero de Martinroda. No me ha seguido, musité. Tampoco me esperaba en mi habitación, que registré a fondo. Aún demasiado viscosa, fluyó la libertad.
Pude salvar algunas asignaturas y recrearme en la cruel ironía de que no había perdido el tiempo. El 30 de septiembre aterricé por fin en España. Me abrazó el calor sofocante del veranillo de San Miguel; me sentí a salvo. Bajé del avión, subí a un transporte de tierra, recuperé el equipaje, busqué a mi familia. En el coche, de camino a casa, lloré. Me preguntaron y no respondí. Un frío rencoroso me mordía los dedos de la mano izquierda.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Paseíto

Aquí la palabra aquí, nada más empezar, entera, desde el arranque de la mayúscula hasta la cresta de la tilde, y más allá, ni cinco segundos después, el incierto final del folio tras el cristal líquido, y más allá estas manos, como las tuyas, picando tecla sin canción, y más allá los cables, una bolsa de plástico, el peluche afónico en su vejez deshilachada, resolviendo charadas terribles bajo el edredón, y más allá una ventana poblada de reliquias de lluvia, y más allá la tarde, la acera, las rayas escurriéndose por los agujeritos del asfalto, los contenedores en la primera hora de la digestión, y más allá una panadería que no hace honor a su nombre, y más allá los coches, los quietos y los inquietos, y más allá un ceda el paso que sólo sonríe los días impares, y más allá cajones de fruta como crías de gata en una cesta, y más allá la fisura de mi barrio, el cartílago gris que lo articula al resto de Málaga, flexionándose hacia el centro, y más allá la biblioteca, con Cánovas recibiendo universitarios en su pedestal de cartón sin placa, y los libros, y Borges, y Cortázar, y Saramago, y ocasionalmente Auster, y el sudor de mi frente en el soporte de las lámparas, y un aleph en cada esfera de tinta, y las horas que allí pasé estando en otros sitios, mejores sitios, y más allá un olor que nunca se repetía, especias baratas, queso de bola caliente y papel podrido, y más allá los dedos encallecidos del marqués, las farolas que encendió Aparicio, y en la Marina chorros intermitentes resaltando camisetas oscuras, eslabones brillantes, cordones zigzagueando en botas infinitas, que no calzan, que tampoco sostienen, y más allá la arrogancia paralela de los árboles, y más allá el ayuntamiento y todas las luces, y más allá un balcón donde un geranio parece arrepentirse, y más allá la cocina donde se desnuda una muchacha, provocando a la cafetera, y más allá una chispa que no engendrará incendio, y más allá, otra vez, la calle, las calles anchas, las finas, las que se caminan de perfil, la plaza sin palomas, la judería insinuando trazas de licor lejos de su rayuela, y más allá querubines, y más allá letras en un túnel que nadie pronunció en diez años, y más allá mi pie, y más allá la indiscreta sandalia, y más allá el charco, y en el charco yo, y yo en el charco, y el golpe de la lengua y de nuevo la voz encerrada en el puño, de nuevo la epifanía del cortaúñas, y más allá la Merced como una mala racha cubista, la zanja de atrás como un puerto USB para conectar el presente, y más allá un aparcamiento, el rumor de una sombrilla a la sombra, dedicada a olvidar, y más allá el ala de una libélula, y más allá unas migas antiguas de tu desayuno, y más allá un meandro del tiempo que ataja por el Cervantes, pasando el tinglado del Sepulcro, que ya no está, hasta Comedias, Granada, Constitución, y más allá, pero sólo un poquito, la bandera, citando al pitón corniveleto de La Equitativa, y más allá un crucero de aire, que es Chinitas, donde la radio del vaciador suena a la vez hace veinte años y ahora, y más allá un jeroglífico telúrico pintado con azufre, un tonel de fino donde se manosean boquerones, y más allá la presentida certidumbre de un catarro, y más allá la futura silueta de mi espalda en un banco de la catedral, y dentro, en el sagrario, en el rostrillo de la dolorosa, un laberinto, ése, y más allá otros catorce (de los que hablé y aún tengo que hablar) cogidos con una guita, manojo de espárragos que pretenden en sus yemas las incipientes arrugas de Cristo, y más allá un escalón fatigado, un chicle, y más allá del quiosco, donde compro una lata, la conversación banal que despierta la envidia en los que andan despacio, y más allá los gorgoritos de las piedras en el suelo, y más allá, a mi derecha, que es la tuya, cerca de la entrada, la mesa donde se me resbaló el batido que mojó el donut, cuyo diámetro interno me evocó la sonrisa redonda de la pieza de veinte escudos portugueses que llevo en la cartera, y más allá su sonrisa, y más allá caras crudas sujetando un escaparate, y más allá una tenida de pulgas sobre el lomo de un chucho, y hormigas disolviendo un bastidor en el que espontáneamente se dibuja un detalle de El juramento de los Horacios, y más allá el clopíneo autobús adegomándose brusco, los asientos palisados de jorpuna, casi urlinos, los viajeros en el tremán o echando un ojo a la glómica, el conductor, ya ircuso, yerbando una nevala por el retrovisor, recibiendo en respuesta una aseropática conculnia, nada inmerecida, y más allá, en breve, jazmines, y más allá el desove del invierno en una oleada de perchas en desbandada, y más allá romanos, y luego árabes, y luego cremalleras engrasadas en Puerta Oscura, y más allá, en un cuaderno de tapas verdes, en la séptima página, mi número, y más allá la oblicua huella de una pezuña, y más allá una reja para que no escapen los muertos exiliados de la Gran Bretaña, y más allá una partida de go que involucra a un ciego y a un niño, y más allá sueldos que se comerá la hiedra del juzgado, y más allá, muy cerca, acabado el giro, la cuesta prosternándose como un glaciar de arena hasta la playa, y más allá su neverita y su crema, la parte de arriba de un bikini de flores, la vergüenza, y más allá, ella, y más allá de ella el mar, y nada más.

domingo, 30 de octubre de 2011

Preámbulo a las instrucciones para renegar de un idioma (remake)

Y piensa en esto otro: cuando te enseñan un idioma te enseñan una dulce nana de insomnio, un catálogo de espejismos, una mordaza de letras. No aprendes solamente el idioma, que lo observes con rigor y confiamos en que lo honres porque tiene su historia, castellano, de la pluma que sostuvo Cervantes; no te enseñan solamente ese organillo invisible que llevarás en la boca y sonará por ti. Te enseñan –lo saben, lo terrible es que lo saben–, te enseñan un angosto desfiladero inasequible a los demás humanos, algo que es tuyo pero no te obedece, que tienes que obedecer en todo momento para no sentirte perdido, como el mapa actualizado de una ciudad fantasma. Te enseñan la necesidad de hablarlo todos los días, la obligación de hablarlo para que siga siendo un idioma; te enseñan la obsesión de buscar la palabra exacta en las hojas de los diccionarios, en los congresos de la academia, en una bronca nocturna. Te enseñan el miedo a olvidar una tilde, a colar una hache, a bloquear mayúsculas y que te llamen analfabeto. Te enseñan su gramática, y la seguridad de que es una gramática superior a las otras, te enseñan la costumbre de leer tu idioma en los demás idiomas. No te enseñan un idioma, tú eres la asignatura, a ti te imparten para afinar el eco del idioma.

sábado, 15 de octubre de 2011

Introducción a la invisibilidad

Un anciano derviche oriundo de Bagdad, que por muchos años fue patrón del desierto y señor de sus ropas, presintiendo la muerte cerca de una mezquita, apremiado por la falta de tiempo y papel, copió en un margen del Alcorán (que Alá lo perdone) la fórmula para hacerse invisible. El santo libro conoció un milenio de arena antes de ser recuperado por un aventurero inglés y llevado a Londres para su restauración y estudio. Meses más tarde, mirando a través de una lupa sostenida por arneses de acero, un reputado paleógrafo a cargo de la investigación se topa en la orilla de una página con el garabato del viejo sufí. Sólo una palabra, inscrita dentro de un torpe círculo en un dialecto insondable. El informe remitido al director del Museo Británico sugiere una traducción aproximada del término, que fervientemente rebate un catedrático de Cambridge. El documento asegura que en ese añadido posterior se lee vete. El profesor insiste en que la transliteración estricta de los signos da vuelve. Aún no se ha llegado a un acuerdo.

viernes, 14 de octubre de 2011

Corbata

Una única corbata, una corbata lenta y robusta, pariente tal vez de una anaconda, anillada de alfileres dorados, con una perlita que se esconde en el repliegue de los nudos, atosiga el cuello de todos los hombres. Por la ciudad se vierte en aluviones de seda estampada, remontando en urgente desemboque las nieves perpetuas de la camisa, corriente textil con espíritu de salmón, abrazándose a las gargantas, protegiendo del frío y de la frivolidad. Gracias a la corbata ya nadie hace el ridículo ni sobresale por encima de la media. Gracias a ella han retirado de los restaurantes el odioso cartel, siempre en caligrafía gótica, que reprochaba su ausencia. Ahora, los oficinistas marchan impecables al trabajo, funcionarios de la corbata, bogando en líneas rectas que entienden calles distintas, de cabeza al máximo rendimiento. Para la ópera desfilan conjuntados con su color, péndulos, engalanados de simetría, hisopados con idénticas gotas de colonia. Que la noche, que la dicha, como la corbata, no acaben. Hasta el dormitorio acompañan los mismos lazos, mullidos en forma de almohada o imbricándose en exquisitos edredones que adulteran el sueño. Afluentes más atrevidos dan a las escuelas primarias, a las grutas de ozono de los hospitales, o se adentran en el campito que ensombrece el mármol de los nombres y las fechas. Al final de la Avenida Libertad, junto a una palmera amarilla, se dan la mano dos desconocidos y se felicitan por el triunfo final de la corbata, por la abolición de las otras modas, argucias de la marginación que en mala hora gozaron la fama. Aquí todos tienen su sitio, no hay arrabales ni privilegios, reina una armoniosa ecuanimidad. Si ella no estuviese, dicen, si nos faltara un día, Dios nos coja confesados. Asienten y se despiden. El primero toma el camino de la derecha, el segundo el de la izquierda. No dan más que unos pasos. La tela, con reflejo pastoril, pronto los llama de regreso a la fila que los cruzaría más adelante, y que los seguirá cruzando cada mañana. Huir de la corbata, burlar su tutoría, desatarse, es el peor delito contemplado en el Derecho, acreedor del escarnio, la inhabilitación pública, la mácula indeleble del apellido y la pérdida de los pulgares. Por algo son parónimos desatar y desertar. Pero ella vigila para que no ocurra. Tiene bien guardadas las fronteras de su hilo. Cuentan algunos que en ciertas puntadas, a la luz de una farola, le han descubierto ojuelos de perdiz que observan, que escudriñan, que van al hígado, que miden, que se cercioran y señalan, que recomiendan una película, una marca de cigarrillos o una tienda de postales, que ordenan, los domingos, la tendencia de la raya en el peinado, que escriben tildes olvidadas, que marcan precios excesivos en las jugueterías, que reprueban las uñas sucias, el escándalo y la anorexia de los libros, que escuchan, que sonríen, que golpean en el pecho un compás que prohíbe la catástrofe, que saludan, que agradecen, que nunca, nunca abandonan. Nadie teje en el horizonte esta corbata, este mundo sostenido por el mundo. Cuando acaben los hombres seguirá, inmóvil, famélica, tendida en el suelo como la piel vacía de un incesante ciempiés.

jueves, 13 de octubre de 2011

Diagnóstico y tratamiento de la sospecha

Se hará la pregunta al cerrar la puerta del ascensor, al abrir un libro por la penúltima página, al entrar en la consulta del médico o al salir de la peluquería. Se la hará igualmente en cualquier otro país, en cualquier estación. Se la hará, si la duda es perentoria, dentro de un submarino, bajo el paraguas rosado, en la cama (esto ocurrirá muchas veces) o a punto de estornudar. Ante todo, no se alarme. Dejando a un lado la intensa angustia que provoca, el mal que usted padece, a priori, es inocuo. El desarollo de la afección es común. Sobreviene el contagio en ambientes propicios al silencio y la conjetura, espaciosos y despoblados en la mayoría de casos, apacibles, aunque no es infrecuente que se produzca en una caravana o en la cola del aseo de una taberna. Comienza con una sensación similar al picotazo leve de una hormiga. Luego, inoculada la sospecha, la inquietud arraigará a velocidad variable dependiendo del estado de ánimo del sujeto. Pase entonces a cuestionar con regularidad, preferentemente a media tarde después de comer; evite hacerlo en las primeras horas de la mañana. No tema ser crítico: indague, ahonde. Rechace las evidencias inocentes: ¿por qué se enfría el café?, ¿por qué el cielo se enreda de nubes? Repita la operación durante varios días hasta que la suspicacia original cristalice en una pregunta bien formada. (Si aparecen cefaleas masque dos aspirinas mientras descuenta segundos en un reloj de pared). Observará que la pregunta será siempre la misma, inconfundible, aunque se presente con elementos de aparente novedad, como sucede con las guerras cuando se retoman tras una tregua demasiado larga. Desconfíe, por tanto –y por sistema–, de los buhoneros que pregonan nuevas incertidumbres. Sepa que no es la pregunta lo importante. Tampoco lo es la respuesta, ni su forma ni su contenido. Si algo debe quitarle el sueño es la disponibilidad de ciudadanos, familiares, amigos (la desesperación también admite anónimos) que se dejen preguntar, que le extraigan a uno del vientre esa tenia fantasma y succionen todo el veneno. Dese prisa y encuentre el suyo lo antes posible. Recuerde que quedan pocos, que se esconden, y cada día se pregunta más. Exprese su recelo en voz alta y clara, sin atropellarse. Acuda a la radio si es preciso, a la ventana o al azar de los números telefónicos. No deje, bajo ningún concepto, reposar la intriga. Puede enconarse y provocar alucinaciones.

sábado, 8 de octubre de 2011

Eraserheart

La noche anterior había acompañado a su hermana a ver Melancholia, la última película de Lars von Trier. No sé si el dato es pertinente para entender esta historia, y además no la he visto. Nunca me ha atraído ese tipo de cine. Sin embargo era de lo único que hablaba Sabino en las contadísimas ocasiones en que abrió la boca después de aquello, por lo que me figuro que algo debía significar. Al menos para él. Tenía la costumbre, como buen profesor de álgebra que era, de atribuir un valor determinado a cada elemento que conformaba su vida. A veces no eran más que números al azar agolpados en un cuaderno. Otras veces eran palabras o grupos de palabras inconexas que recitaba de memoria, como un padrenuestro cifrado. No había detalle que escapara a su rigurosa codificación y al que no correspondiese, en su secreta escala, una precisa equivalencia. Pero en el laberinto que sufren los locos las contraseñas se olvidan y los métodos fracasan. Puede que Sabino hubiera logrado resolver el misterio que lo hundió en las tinieblas mucho antes de que se lo llevaran. Puede que nos estuviera repitiendo durante años la solución del enigma y no la entendiésemos, porque él ya no recordaba la clave para traducir la respuesta. Ni siquiera recordaba su nombre cuando a la fuerza lo metieron en la ambulancia.
Yo no hubiese reaccionado de otra forma. Hay quien pierde las llaves, el móvil o la cartera, pero no se preocupa demasiado porque, a fin de cuentas, tienen que andar por algún rincón de la casa. No pueden haber ido muy lejos. Pero lo que Sabino perdió (y le hizo perder el juicio) fue su casa. No se trató de un desahucio ni de una catástrofe doméstica, como un incendio o una inundación. No le robaron ni le sellaron la cerradura con silicona. Tampoco le ocuparon la casa a traición, mientras estaba fuera, impidiéndole entrar. Sencillamente, al levantarse una mañana, descubrió que no estaba en su piso. Que estaba en otro, en el de uno de sus vecinos, aunque en la placa exterior indicase todavía 1º F: la puerta en la que llevaba viviendo diecinueve años. El desconcierto apenas le permitió articular palabra cuando el nuevo propietario, al verlo aparecer por el salón, se puso histérico y le obligó a salir al descansillo, amenazándole con llamar a la policía. En pijama y confundido, comprobó que efectivamente se encontraba en su planta. Reconocía la pared, las baldosas del suelo, la bombilla rota del plafón en el techo, el macetero de piedra labrada, la planta de plástico. Reconocía incluso el timbre, pero cuando llamó, convencido de que todo, de alguna forma, no había sido más que un mal sueño, una alucinación quizá producto de la fiebre que no sentía, vio otra vez al mismo hombre que lo había echado con la misma cara de pocos amigos, y tras él un recibidor, un espejo y una mesita que desde luego no eran los suyos.
Debían ser las diez de la mañana. Intentó calmarse y pensar. Se sentó en el saliente de una columna, con la cabeza entre las manos. Entonces reparó en que tenía sus llaves en el bolsillo del pijama. La idea le impactó como un rayo. No se preguntó qué hacían allí, sólo se dejó llevar por ese pensamiento. Puede que la casa siga en el edificio. Era absurdo por completo, sí, pero también lo era la situación, y no se le ocurría otra cosa que hacer. Puerta por puerta se dispuso a comprobar los otros cincuenta y cinco pisos del bloque (ocho plantas de a siete letras cada una, A, B, C, D, E, F y G), esperando que alguna se abriese. A punto de desistir dio con ella en el 4º C, después de casi una hora de intentos fallidos y de inventarse una excusa medio creíble cuando le sorprendió de cuclillas en el rellano, con la nariz en la cerradura, el responsable de mantenimiento. Un escalofrío le sacudió la espina dorsal en el instante de empujar el pomo. Era como si una parte de él, no sabía cuál, temiera que fuese posible, que fuese tan simple. Y lo fue. Allí estaba su piso. Allí estaban su recibidor, su espejo y su mesita. Allí estaban también los cuadros, las alfombras, los libros sobre el estante en su exacto desorden, los platos sucios en el fregadero de la cocina, el ventilador encendido y la cama deshecha. Allí estaba, otra vez, su vida, borrada de su línea original y reescrita en otro párrafo, un poco más arriba, sin añadidos ni correcciones, con las mismas letras, con el mismo sentido. Exhausto para plantearse siquiera pensar en ello, se echó en el sofá y cerró los ojos. Horas más tarde, cuando despertó, la casa había vuelto a desaparecer.
Con el tiempo constató que el fenómeno era frecuente, muy frecuente (al menos cinco cambios por mes), y que su periodicidad no podía concretarse. Tan pronto el piso permanecía tres semanas anclado en el 6º E, prometiendo el fin del suplicio, como se extraviaba consecutivamente en el 8º D, 7º A, 2º G y 3º C en el transcurso de tres días. Observó también que el apartamento experimentaba episodios de no más de un par de horas antes de regresar a la misma ubicación, y que con mayor virulencia hasta era capaz de trasladarse en lapsos inferiores a diez minutos, convirtiendo la búsqueda en una odisea contrarreloj. Previendo estas circunstancias, Sabino tomó por hábito llevar siempre consigo una mochila con comida y ropa, ya que no sería cosa extraña verse, de cuando en cuando, forzado a pasar la noche en el recodo de las escaleras. Después del primer año los vecinos se resignaron a su extravagancia, aceptándola como un mal menor. Lo veían deambular por los pasillos, en el ascensor con la mirada perdida, bisbiseando, o apoyado en la pared del portal sin atreverse a salir, espiando la calle como si ya fuese mentira. No molestaba a nadie, o al menos nadie se quejaba. Se limitó a obsesionarse en silencio con hallar una explicación, con despejar la incógnita, renunciando a todo lo demás para concentrar sus energías en esa única y capital tarea. Rascó en las paredes encrespados algoritmos para calcular las probabilidades de desplazamiento de la casa, pero los saltos eran cada vez más impredecibles. Cuanto más empeño ponía en perseguirla, más rápido escapaba. Huía, fintando y quebrando, y en el sueño la imaginaba con el gesto burlón de una hiena, respirándole en la nuca un aliento helado antes de volver a ocultarse.
La última vez que pudo localizar el piso estaba en el 5º B. Llevaba cuatro meses sin verlo. Pasó, afirmó el pie y juró que no lo dejaría marchar. Y buscó. Buscó por todas las habitaciones, en todos los armarios, dentro de cada cajón, bajo la cama y bajo las mesas, tras los muebles y los retratos, rasgando la almohada y los cojines, levantando las losas de la terraza, escarbando la tierra de las macetas, vaciando el frigorífico y desmontando la lavadora, desguazando el ordenador y reventando la tele, arrancando las páginas de los libros, los ganchos de la cortina y el marco de las ventanas, en el paragüero, en el revistero y en la doble rendija de la tostadora. Buscó el porqué, sólo el porqué, aclarado en una carta sin firma ni remitente. Buscó un revulsivo para su angustia, pero no hubo nada, ni una pista. Cogió del trastero una lata de pintura blanca y una brocha, cambió la mochila por una maleta de viaje y esperó. Cuando la casa se fue al día siguiente supo que su adiós iba totalmente en serio. Pero no pensaba darse por vencido. Inspiró, con la sonrisa remota, preparándose. Pintó un corazón diminuto en el marco de la puerta, y lo pintó también en el de la puerta contigua. Los fue pintando por toda la planta y por las otras plantas: marcaba los naipes que no revelaban su suerte. El edificio se le acabó y volvió a empezar, reiterando corazones blancos que se derramaban por las jambas hasta tocar el suelo, como señales de peligro en una selva invisible. Sus ecuaciones le decían que ya estaba muy cerca, que faltaba poco. Pero los vecinos se habían cansado. Sintió el rumor de las sirenas y las manos de los enfermeros cayendo sobre él casi al mismo tiempo. Mientras lo arrastraban, antes de que la sedación hiciese efecto, los vio. Eran muchos, treinta o quizás cuarenta, todos iguales. Se habían ignorado recíprocamente en su peregrinar a lo largo de los años, convenciéndose unos a otros de que cada cuál era el único. Pero ahora estaban allí. Los veía diáfanos, con las greñas hirsutas y las barbas rotas, cubiertos con penosos harapos, medio ciegos, cojos, desechos. Apretaban en la mano derecha, bendito rosario, oxidada de sangre, una llave gastada por el uso.